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Escenas de la vida posmoderna

Escenas de la vida posmoderna

Beatriz Sarlo (Buenos Aires, 1942), profesora de Literatura Argentina en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires; directora desde hace treinta años de  la revista cultural Punto de Vista, es una de las figuras intelectuales más destacadas de ese país, al que dedica, en Escenas de la vida posmoderna de editorial Seix barral 2004, una juiciosa indagación sociológica sobre el impacto de la cultura audiovisual, el lugar del arte y el papel de los intelectuales y la crítica, en el marco de una “sociedad quebrantada de pobreza y desquiciada por el florecimiento de ideologías individualistas y antisolidarias”, que caracterizan los rasgos decadentes de la llamada posmodernidad.

 Ordenados en cinco capítulos, los ensayos examinan de manera consciente temas fundamentales, como la diferencia intolerable de la miseria y la riqueza; la situación de las llamadas culturas populares frente al mercado audiovisual, el carácter restringido de la cultura “culta”, la contradicción estética de la vida y el arte; todo esto formulado, no desde la óptica abatida del qué hacer intelectual, sino del cómo armar una perspectiva para ver, tal afirma su autora,  la contradictoria realidad argentina.

En este sentido, la inquietud de pensar la esfera que debe abarcar las humanidades, el arte y la cultura, en la deconstrucción y construcción de nuestras sociedades tercermundistas, cada vez más  homogenizadas, resulta ineludible frente a los graves peligros que la masificación, el neoliberalismo y la globalización económica, significan como subordinación de la diversidad a una tendencia única, sujeta a la voluntad occidental de poder.

Escenas de la vida posmoderna, es una puerta franca donde se advierte el mapa concienzudo de una crítica cultural, que retrata a través de la Argentina, la difícil situación de muchos países de América Latina, cuyo desmembramiento y polarización han marcado la abigarrada historia del pueblo, acorralado por la injusticia y la impunidad que acrecientan la violencia e imposibilitan una perspectiva democrática.

 Un libro desafiante, donde la lúcida ensayista gaucha, no tiene reparos en manifestar su incomodidad en asuntos hoy poco rondados, como el “espíritu” o el actual orden social;  en el que se atreve a plantear que la crítica no pertenece sólo a los intelectuales, y que en la abundancia e intensidad de los sentidos del arte, “existe un deber del saber que todavía tiene fuerza moral”.

Hugo Mauricio Fernández 

"El olvido que seremos"

"El olvido que seremos"

El escritor y periodista antioqueño Héctor Abad Faciolince, compartió en el auditorio de la Universidad Surcolombiana un conversatorio con los estudiantes  y profesores del programa de lengua castellana, sobre el arte y oficio de la escritura, quienes organizaron en conmemoración del Día del Idioma, esta celebración que titularon en honor a la reconocida obra del medellinense, “El olvido que seremos”.

Después de los consabidos protocolos y la idolatría ingenua de algunos profesores, por fin se dio la palabra al invitado especial, quien se mostraba sorprendido y al mismo tiempo agradecido por los elogios y las pompas de la ceremonia. “…La vida de un artista, digamos que yo soy un artista, de un escritor, es corregirse, y eso es un sufrimiento permanente  y una alegría desconcertada cuando uno encuentra tantos lectores y tantas expectativas inesperadas…”Con esta reflexión Héctor Abad  dio inicio a una entretenida charla que contó con la entusiasta participación de estudiantes y maestros.

Luego de su presentación y agradecimiento por la invitación a esta celada, como él mismo la llamó, se dispuso a escuchar los interrogantes y comentarios de estudiantes y maestros, entre los que se precipitó un joven de gorra y tatuajes en los brazos, quien nos sorprendió con su desparpajo: “la carrera del docente es como la escalera de un gallinero, es cortica y cagada, está llena de mierda y huele a feo, hay gallinas en ese gallinero que tienen alas y no pueden volar, y sólo enseñan a los pollitos a decir tres cosas: pío, pío, pío. Y todos siguen repitiendo lo mismo, y sigue el círculo vicioso que no tiene fin; a partir de esta metáfora, me gustaría escuchar la opinión de Héctor Abad sobre el actual momento de la educación”.

El escritor defendió el trabajo del maestro, habló de la noble labor de seducción que estos responsabilizan sobre el conocimiento y el asombro por la vida, compartió su experiencia como profesor en Italia, recordó a su padre y fue inevitable que el curso de la charla virara hacia el tema de su última novela; alguno preguntó sobre la frontera entre realidad y ficción, por los aspectos autobiográficos de ésta, a lo que Faciolince contestó que su novela es “un testimonio sin mentiras, un testimonio sin invención”.

“El olvido que seremos”, es un testimonio sobrecogedor, nacido de una obligación personal muy profunda del autor, ya que narra las nefastas circunstancias del asesinato de su padre acaecido en 1987, año en que fueron vilmente asesinadas más de 4000 personas, en medio de la absurda impunidad y la inconcebible paramilitarización del país. Cargado de una ternura nostálgica, el narrador no se impide señalar la indignación ante las degradaciones de la guerra y el narcotráfico en un contexto de polarización social trágica, sin descuidar el homenaje al padre y la manifestación de amor profunda que el autor no repara en expresar.

En oposición a la típica saga de novelas inspiradas en la violencia, Faciolince recoge para su trama la óptica de las víctimas y el drama de una justicia que nunca llega, y en cambio sufre persecución y amenazas por parte de los victimarios. “Sin embargo, más allá de la impunidad de los verdugos y la insensibilidad frente a los crímenes, hay un país de sueños y esperanzas que resiste y busca alternativas a la superación de la guerra”, fueron las palabras que recogieron las reflexiones que apreciaron con entusiasmo su aclamada novela y dieron paso a temas tan dispares como el papel del periodismo, la política y el ateísmo.

Fue un evento ameno por la espontaneidad del invitado y muchos de los asistentes; escuchar de cerca la experiencia de un escritor vital como Héctor Abad es muy enriquecedor para quien le enamora el camino de los libros, el periodismo y la literatura: “La verdad es que no soy muy buen orador y no me gustan mucho los homenajes; siento que organizo mejor mi pensamiento cuando estoy frente al papel o la  pantalla de un ordenador. No creo en el escritor como un genio que sabe de todo, y es mejor para los escritores no ser famosos tan jóvenes, ya que eso quita mucho tiempo en eventos y circunstancias como esta, que debería dedicarse a escribir; por eso yo aspiro a que cuando me muera me recuerden como un buen escritor, aunque sé que todavía falta mucho para aspirar a tanta gloria”.

Alejandro Valle Cantor

Como el Agua y el Aceite

Como el Agua y el Aceite

El traqueteo del machín

El agua y el petróleo son las dos fuentes de energía más importantes de las sociedades contemporáneas. El agua no sólo es vital para el consumo humano, el riego de suelos, la agricultura, la pesca y la acuicultura, sino para el desarrollo de proyectos hidráulicos y generación de hidroelectricidad. Sin los hidrocarburos, los medios de transporte y las máquinas de guerra dejarían de funcionar, la economía mundial sufriría un colapso y más de 2000 productos derivados, importantes para la industria de los combustibles y los petroquímicos, dejarían de aceitar la máquina asfixiante de la globalización.

El Huila, además de ser uno de los departamentos más fértiles en recursos hídricos­-33 cuencas hidrográficas estratégicas-, es uno de los principales productores de hidrocarburos del país; curiosamente en estos días la Dirección de Regalías de Planeación Nacional  suspendió los giros de regalías para Neiva, gracias a los malos manejos que se cometieron con 7 mil millones de pesos en recursos de regalías que eran para el “desarrollo” de los neivanos (La Nación, Abril 25 de 2010, Pags. 2-3). Mientras tanto, en el oriente de la ciudad, el traqueteo del machín contrasta  fuerte con la miseria, el crimen y el hambre.

 

La Tierra Prometida

Antes de visitar “La tribuna”, me hablaron del lugar como un Centro de Investigación Y Educación Ambiental, un bosque seco tropical pre montano de abundante flora y fauna, con más de 50 nacederos de agua y cascadas increíbles. La invitación resaltaba de manera enfática la principal circunstancia: allí, junto a las fuentes hídricas, emana una sustancia oleosa de color muy oscuro, compuesta de hidrógeno y carbono, llamada hidrocarburo en estado líquido, aceite crudo, petróleo.

Ubicada al norte de Neiva, en la vereda Tamarindo de la inspección de San Francisco, irrigada por la microcuenca “El Neme”, la reserva ecológica “La Tribuna” se constituye, por su significado ecológico, económico y sociocultural, en un ecosistema estratégico del departamento del Huila (Ecosistemas Estratégicos del Huila, Alfredo Olaya Amaya, Universidad Surcolombiana); su riqueza y biodiversidad hicieron que desde 2003 se realizará un convenio entre la compañía HOCOL SA y la Universidad Surcolombiana, para adelantar actividades educativas y de investigación ambiental.

Como un designio simbólico, Abraham fue nuestro guía, él nos entregó los lazarillos o bastones para ayudarnos en la caminata; leyó las instrucciones de comportamiento en el lugar, nada de alcohol, cigarrillos, fogatas, etc; recomienda usar camisas de mangas  y pantalones largos por los mosquitos, con botas de caucho para el camino escarpado. Es insólito recordar que tiene el mismo nombre del patriarca hebreo, y el físico y geólogo canadiense Gessner, quien en 1852 logró conseguir del petróleo crudo, el queroseno, combustible para lámparas de la época; aunque nuestro Abraham es sólo el mayordomo, encargado del mantenimiento de las instalaciones y senderos de la Tribuna, tiene un amor casi religioso por esta exótica tierra.

El estruendo mecánico de la enorme broca que ultraja el subsuelo es lo primero que llama la atención al llegar al apacible lugar. Como un enorme vampiro metálico, el tamboreo insaciable, succiona sin descanso:  traka-traka, traka-traka, traka-traka, es el ritmo tenso que resuena desde “El Lago Verde”, hasta el “Mirador Puerta del Sol”.  Traka-traka, traka-traka, traka-traka, es el canto negro de uno de los 3 machines que hace 17 años succiona el pozo 9 de esta zona petrolífera. Traka-traka, traka-traka, traka-traka, quizá en su insistencia, algo nos quiere advertir.

A poco de habernos distanciado del colosal zancudo de acero, y haber bordeado “El Lago Verde”, el sendero nos da la bienvenida con un gesto fresco en su túnel de guaduas; “aquí llegamos al nacedero La Moyita”, señala Abraham, mientras observamos el agua turbia que fluye bajo una inmensa ceiba. “Este es el primer nacedero que encontramos en el sendero; como pueden ver, esta agua ya no es potable”, comenta el guía al tiempo que su expresión se constriñe. Adentrándonos en el sendero, encontramos los conductos que atraviesan el camino como sierpes largas que llevan en sus barrigas el preciado oro negro; un árbol recio, de enredaderas y bejucos, que asemejan barbas y cabellos largos, se impone en un corral de piedra, antiguo vestigio de la finca ganadera que funcionaba en estos predios; luego me enteré que aquel ornato místico del árbol es una parásita que lo devora implacable hasta vaciarlo de su savia.

Al lado del camino, entre piedras que parecen prehistóricas, la señalización del sendero nos indica la cascada El Chispial y La Cueva del Chímbilo; después de cuarenta minutos de caminata, entre arbustos, pequeñas quebradas y rocas, ascendemos con dificultad a lo que Abraham llama orgulloso, “El Muro de la Vida”, una gran peña fecunda de musgos, helechos, insectos y agua, aunque en esta oportunidad es sólo un hilillo que susurra en la montaña; descargamos las mochilas con el fiambre, aprovechamos para refrescarnos y  nuestro patriarca nos invita a observar a escasos 10 metros del muro, el motivo principal del recorrido: bajo las piedras de la quebrada El Neme, el precioso líquido oleoso de color oscuro, responsable de las dos últimas guerras en Oriente Medio, forma en el agua clara una obscena mancha negra.

La ingenuidad de Abraham, o la mía, hacen que el fenómeno parezca una bendición de la vida, la increíble riqueza de estas tierras rebosa por la tierra y embadurna las rocas, calcina el agua de las fuentes, y nosotros maravillados, extasiados del paisaje y sus bellezas naturales. Aquí, hago alarde de mi curiosa necedad, me descalzo, entro al agua, y efectivamente compruebo que, el crudo se filtra con solvencia entre las piedras que sirven de lecho a la quebrada “El Neme”; en ese momento sólo quiero encontrar algo con que limpiar la melcocha de los pies, y no se me ocurre, como ahora, reflexionar a cerca de estas circunstancias; será que este particular fenómeno es un prodigio natural, o estamos ante las consecuencias ecológicas que causa la explotación de estos recursos naturales, más cuando se aplican herramientas obsoletas, ya que desde el estudio de los yacimientos, hasta el refinamiento, pasando por la extracción, son extremadamente costosos y requieren alta tecnología de la que sólo disponen las grandes industrias del sector. ¿Será que la explotación petrolera está afectando las cuencas hidrográficas de este importante ecosistema? ¿Estará pasando lo mismo que en Tauramena, Casanare, donde los ríos de la región se han reducido en un 60% y cuyos daños ambientales responsabilizan a la multinacional British Petroleum? ( http://colombia.indymedia.org/news/2010/04/113821.php)

Continuamos ascendiendo hasta la cascada El Salto, aquí el agua aun no está afectada, según lo explica Abraham, aduciendo a la pureza de la que goza este líquido en esta majestuosa caída, y sin otra garantía que la palabra del patriarca, todos bebemos el ansiado liquido que en este punto de la caminata sabe a néctar de los dioses. Llenamos nuestras cantimploras, nos quedamos callados y gozamos del cascabeleo suave de la pequeña catarata. Como buenos turistas tomamos las fotos respectivas (yo en La Tribuna para el face!, a eso venimos los estudiantes universitarios a los centros de investigación?!) y empezamos a descender en silencio.

La Cueva del Chímbilo, es una formación geológica de dimensiones monumentales que dibuja una hermosa caída de agua y sirve de habitación a decenas de murciélagos que se remueven somnolientos. La generosa panorámica que ofrece el Mirador Puerta del Sol, permite dominar todo el valle que compone La Tribuna- ahora entiendo la elección de su nombre-, desde aquí la imponencia del machín es sólo un  zumbido de insecto, aunque su aguijón es realmente ponzoñoso para el equilibrio del ambiente. Es como si el traka-traka, insidioso del vampiro metálico, nos recordara la delicada amenaza que esta tierra prometida enfrenta: el peligroso riesgo de convertirse en un infierno seco, desértico, sin agua.

 

Como el agua y el aceite

 La Universidad Surcolombiana, a través  del Programa de Ciencias Naturales y Educación Ambiental de la Facultad de Educación, hasta la fecha ha realizado cuatro investigaciones, como lo señala Luz Anabel Sierra Cárdenas, Coordinadora del Centro de Estudios La Tribuna; la primera, que tuvo que ver con una aproximación al inventario de flora y fauna; una segunda investigación que se realizó con base a la extracción de productos químicos de unas plantas especiales que se dan en La Tribuna; una tercera que tiene que ver con el inventario  de algunas especies nativas, como los musgos y los helechos, y una última investigación sobre plantas superiores. (http://www.youtube.com/watch?v=CZ-cZ0OnlXc)

Sin embargo, aunque estos trabajos han sido muy importantes para conocer las características ecológicas de este ecosistema y el lugar es propicio para las prácticas investigativas  de programas como el de Ingeniería y ciencias naturales de nuestra Universidad, debo decir que mis expectativas con el centro de investigación eran mayores. Faltan instalaciones adecuadas para los laboratorios, ¿dónde está el herbario, el insectario, el equipo científico que acompañe las visitas y socialice el conocimiento de las investigaciones?, y sobre todo, ¿qué hace la comunidad científica frente al grave riesgo en que se encuentran las cuencas hidrográficas?.

Por su lado, la dichosa responsabilidad social de HOCOL, se vanagloria con la construcción de la única escuela de la vereda El Tamarindo, donde para que a nadie se le olvide, está pintado grande el nombre de la empresa, y con el mantenimiento de un centro de investigación que produzca un conocimiento que no afecte sus intereses comerciales de explotación, así el agua, los animales, la vegetación y quienes habitamos junto a los yacimientos, suframos las temibles consecuencias. Sólo resta esperar a que en el 2012 estos pozos que serán revertidos al estado colombiano por ECOPETROL, la Universidad Surcolombiana tenga la posibilidad de ser propietaria de este importante ecosistema para poder desarrollar proyectos de investigación independientes y de mayor impacto científico y social para la comunidad huilense.

Por lo pronto, como el agua y el aceite, la función social de divulgar los intereses de preservación, conservación y aprovechamiento sostenible de los ecosistemas estratégicos, así como la generación de conocimiento sobre ellos para la formación ciudadana y una cultura de responsabilidad con el entorno, son de absoluta incompatibilidad química con el afán de explotación y enriquecimiento. Así que el traqueteo del machín seguirá ahogando los gemidos de la miseria y el crimen, mientras los bolsillos de los politiqueros engordan con las regalías que deja la sangre de la tierra.

Hugo Mauricio Fernández

Por la "Rivera" del río

Por la "Rivera" del río

Suele ocurrir, que en los momentos de crisis para una sociedad y cuando se piensa que se ha tocado fondo en lo moral y en lo espiritual, surgen – de las cenizas quizá – algunos hombres que por lucidez, inteligencia y creatividad marcan caminos, señalan rutas y, algunas veces, se levantan para empujar con este doloroso fardo a cuestas, el carro empantanado de la historia. Así lo hizo José Eustasio Rivera Salas, un hombre -al decir de William Ospina-”apasionado y generoso, que se entregó a su país, que lo recorrió y luchó por él; uno de esos colombianos admirables que prefirieron siempre la dignidad de conocer al país, de compartirlo y amarlo, antes que el orgullo mezquino de ser simplemente sus dueños.”

 

“El hombre que fue río.”

 

Sí, eso es Rivera,  un grávido río; un hombre con plena conciencia de su condición intelectual, de su capacidad de actuar e influir en la vida nacional. No en vano, recién salido el país de la guerra de los Mil Días, Rivera conoce los llanos y la selva; entre 1922 y 1923 viaja por el Orinoco y el Vaupés, llevando un cuaderno de notas diarias sobre el trabajo que realiza como secretario-abogado de la comisión limítrofe colombo-venezolana, de cuya labor resulta el informe-con  carácter de secreto oficial- dirigido al Ministerio de Relaciones Exteriores, en el que sin ningún miramiento, da cuenta del saqueo y la “injusta indiferencia nacional”, pero sobre todo, de “la inicua bestialidad humana” que padecen los colombianos esclavizados en las caucherías del Putumayo; información de primera mano que servirá de materia prima para su mayor creación: La Vorágine, novela modernista publicada en 1924, que amparada en la trágica historia de amor entre Arturo y Alicia, denuncia los horrores de la explotación cauchera y los efectos embrutecedores de la selva sobre el hombre.

 

Pero Rivera, no es sólo el autor de La Vorágine; en 1921 –mientras se cierne en Panamá una intervención militar estadounidense, consecuencia de la venta del canal en 1903- se publica “Tierra de Promisión” , titulación irónica de su primer libro, impecable poemario de 56 sonetos que nos invitan a pasear  de manera anticipada, a través de la selva, las cumbres y los llanos, en donde los animales mas fieros y fuertes zarpan a los mas débiles y pequeños; pero en el que ser un “grávido río”, se presenta como la mayor metáfora de la condición del poeta, “un río que gusta del sol y del águila”, de la luz y del vuelo; esto es, un hombre que ama fundirse con la naturaleza, que se atreve a proclamarse “hijo del monte” y preguntar: “¿y quién cuando yo muera consolará el paisaje?” .

 

De su trabajo como dramaturgo, circula casi inédito Juan Gil, sorprendente pieza teatral, equiparable para muchos, por el ingenio alegórico de la ceguera y sus posibilidades reflexivas, a grandes obras contemporáneas como “Sobre héroes y tumbas” del argentino Ernesto Sábato y  el “Ensayo sobre la ceguera” del premio Nóbel portugués José Saramago. Así mismo, artículos, cartas, ensayos, crónicas, informes y discursos suyos, sobreviven compilados en silenciosos libros, como el editado en 1991 por la maestra Hilda Soledad Pachón, cuyas lecturas nos permiten constatar su estatura intelectual, su calidad ciudadana y su aguda sensibilidad de visionario.

 

“Ni tu ilusión se sabe, ni tu poder se ostenta.”

 

Aunque Rivera, nació en Neiva el 19 de febrero de 1888, y una “mancha negra” apagó su vida en la fría soledad de New York en 1928, aun hoy, 122 años después de su nacimiento, su perseverancia y osadía, su gran hondura lírica, su desbordante fuerza humana  y su  ejemplo ciudadano siguen vigentes; por esto, es necesario pensar un espacio importante para Rivera en la celebración  de  los 400 años de nuestra ciudad. Precisamos más compromiso  por la herencia de este enorme legado, cuyo aporte al cimiento de nuestra memoria e identidad es definitivo en el ajuste de nuestro acervo.

 

Aquí, vale la pena preguntar, en Neiva, una ciudad acalorada de hastío, ¿qué políticas culturales se implementan desde nuestras democracias locales para el reconocimiento y la apropiación del legado Riveriano?, sobre todo, cuando el potencial y la diversidad de las expresiones culturales propias, no están orientadas a formar la sensibilidad y el juicio de los ciudadanos.

 

Sin embargo, en 1988, cien años después del nacimiento del poeta, por afán de un considerado gobernador, se estableció a través de una ordenanza la creación de la Cátedra Riveriana, que pretendía implementar en los colegios públicos del departamento, el estudio de la vida y obra del gran escritor, para “fortalecer” el recién acuñado concepto de Huilensidad, del que hasta ahora no se tiene suficiente claridad, como sucede con Neivanidad, que curiosamente termina en vanidad que viene de vano.

 

Pero la cosa no acaba aquí; 22 años después de erigida la ordenanza, parece no existir el menor rescoldo por exigir la instauración de una cátedra que abordada de manera responsable, aportaría definitivamente a la construcción de ciudadanía de unos jóvenes cada vez más desolados y sin paradigmas, como lo señalan los altos índices de suicidio y criminalidad en la ciudad y el departamento.

 

Ahora, en los planes de desarrollo del municipio y el departamento, no existe una política clara y eficaz que se interese por difundir y promover el acercamiento a la vida y obra del mayor representante de las letras huilenses. Además, la creación de la rimbombante sala José Eustasio Rivera-un estrecho cuarto con acceso restringido y algunos libros empolvados- no tiene un impacto serio en la comunidad estudiantil, que aún conserva en sus imaginarios el lugar común de percepciones reduccionistas y politiqueras que desconocen la calidad intelectiva de este gran paradigma ciudadano. Ojalá que para Neiva y quienes organizan la gran celebración de su onomástico, José Eustasio Rivera deje de ser sólo una marca, y en cambio, se permita un espacio decoroso en estos aletargados 400 años de atribulada fundación.

 

“¿Y quién cuando yo muera consolará el paisaje?

                                         

Finalmente, para  responder al consuelo del paisaje, no puedo dejar de mencionar el Proyecto Cultural “El hombre que fue río”, dirigido por  la asociación “El Magolo”; montaje teatral que viene trabajando desde el año 2007, cuyo propósito fundamental es valorar y difundir la vida y obra del mayor escritor del Huila en las universidades y colegios de la ciudad, utilizando como recurso pedagógico el arte escénico y sus beneficios didácticos. Esperamos con esto, no seguir predicando en el desierto, ni repetir el sino trágico de Arturo Cova: “donde quiera que puse mi esperanza hallé lamentable vacío”.     

 

 

 

Hugo Mauricio Fernández 

"El Blues del Río"

"El Blues del Río"

La estridencia de la guitarra eléctrica de Ricardo, el acorde vital del bajo de Federico y el estrépito insistente de la batería de Milton, se liberan en una corriente de sensaciones que hacen batir las greñas y mover los cuerpos de quienes asistimos a escucharlos en las ágoras de la USCO.

Magolo Blues, reconocida banda de rock and roll  de nuestra ciudad, convocó el viernes 16 de Abril a todos sus seguidores a un rebelde toque que organizaron en honor a nuestro río madre. Allí, presentaron no sólo su música, sino parte de su sentir ciudadano, en un ameno video documental que narra la experiencia de la banda en el evento “Energía sin Destrucción”, que lideró la organización “Plataforma Sur” en Noviembre de 2009, como propuesta de resistencia al Proyecto “El Quimbo”.

El despeluque citado para las 6:30, fue inaugurado por la banda de rock experimental Yijajai, quienes abrieron el telón con Amores Modernos, un rugido de escepticismo que reclama soledad; Espumas de Villamil en versión roquera abrió paso a Insomnio #3, que floreció como “un jardín de heces”, el tono pesimista de Andrés Cohen, Simón y Leonardo Camero.

En el entremés del video, un hombre de cabellos largos y barba blanca, repartió a los asistentes dos hojas grapadas con un texto de reconocimiento a los 8 años de trabajo artístico de Magolo Blues, titulado, La permanencia de lo efímero, en el que con un lenguaje algo barroco se reafirma la importancia de este “sentir juvenil”.

Mientras corren las imágenes del río Magdalena y las anécdotas del grupo por la pantalla, en las ágoras el vino y la marihuana embriagan la atmósfera de sueño: “Los que quieren reír ríen, los que quieren bailar bailan, los que quieren llorar lloran, los que quieren fumar fuman” susurra la vos de Ricardito, mientras la música se apodera de los cuerpos; “una visión de libertad, eso es lo que queremos compartir”.

“Crear conciencia en la gente de que el sistema nos absorbe, y que no todo es dinero”, explica Federico mientras fuma lentamente; “nuestro propósito es dar un mensaje de lo que pasa con el río, despertar en los jóvenes el sentido social, la preocupación por los problemas ambientales y todas las políticas que afectan nuestra pacha mama”, remata Milton, con su tono seseado.

El alarido de la armónica, da entrada al Blues del Levante; el público la reconoce y se alcanza a filtrar un destello de ilusión, quizá a algunos y algunas, les sirva como banda sonora de su efímero romance. Desde aquí se ven felices las cabezas, que se baten para todos lados; las muchachas más atrevidas bailan solas, los más rebeldes saltan y gritan como locos.

Ojalá que El Blues del Río, siga fluyendo con la libertad que necesita para forjar en las cabezas humeantes conceptos más sólidos de resistencia. Y que la música y el arte sean siempre nuestras  más subversivas herramientas. No al quimbo y su inicua predación: ese es nuestro canto.

Alejandro Valle Cantor

San Agustín: Espejo de Piedra

San Agustín: Espejo de Piedra

La poesía de tus rocas

Susurra lo invisible:

En la aurora, sentado en la maloca

El anciano pronuncia la palabra

 

La misma  que otras manos

Cincelaron en la noche

Tu símbolo fecundo.

 

Erguido en la montaña

Tu espejo de piedra nos revela

Y esculpe en el silencio

Los misterios del asombro:

 

¡Un pájaro de fuego sobrevuela

Los arcanos de los dioses!

 

                                               Alejandro Valle Cantor        

Ciudad sin sueño

Ciudad sin sueño

(Nocturno del Brooklyn Bridge)     

 

No duerme nadie por el cielo. Nadie, nadie.

No duerme nadie.

Las criaturas de la luna huelen y rodean sus cabañas.

Vendrán las iguanas vivas a morder a los hombres que no sueñan

Y el que huye con el corazón roto encontrará por las esquinas

Al increíble cocodrilo quieto bajo la tierna protesta de los astros.

No duerme nadie por el mundo. Nadie, nadie.

No duerme nadie.

Hay un muerto en el cementerio más lejano

Que se queja tres años

Porque tiene un paisaje seco en la rodilla;

Y el niño que enterraron esta mañana lloraba tanto

Que hubo necesidad de llamar a los perros para que callase.

No es sueño la vida. ¡Alerta! ¡Alerta! ¡Alerta!

Nos caemos por las escaleras para comer la tierra húmeda

O subimos al filo de la nieve con el coro de las dalias muertas.

Pero no hay olvido, ni sueño: carne viva.

Los besos atan las bocas en una maraña de venas recientes

Y al que le duele su dolor le dolerá sin descanso

Y el que teme la muerte la llevará sobre sus hombros.

Un día los caballos vivirán en las tabernas

Y las hormigas furiosas atacarán los cielos amarillos que se refugian en los ojos de las vacas.

 

Otro día veremos la resurrección de las mariposas disecadas

Y aun andando por un paisaje de esponjas grises y barcos mudos

Veremos brillar nuestro anillo y manar rosas de nuestra lengua.

¡Alerta! ¡Alerta! ¡Alerta!

A los que guardan todavía huellas de zarpa y aguacero,

A aquel muchacho que llora porque no sabe la invención del puente

O a aquel muerto que ya no tiene más que la cabeza y un zapato,

Hay que llevarlos al muro donde iguanas y sierpes esperan,

Donde espera la dentadura del oso,

Donde espera la mano momificada del niño

Y la piel del camello se eriza con un violento escalofrío azul.

No duerme nadie por el cielo. Nadie, nadie.

No duerme nadie.

Pero si alguien cierra los ojos,

¡Azotadlo, hijos míos, azotadlo!

Haya un panorama de ojos abiertos

Y amargas llagas encendidas.

No duerme nadie por el mundo. Nadie, nadie.

Ya lo he dicho.

No duerme nadie.

Pero si alguien tiene por la noche exceso de musgo en las sienes,

Abrid los escotillones para que vea bajo la luna

Las copas falsas, el veneno y la calavera de los teatros.

 

 

                                                                                           FEDERICO GARCÍA LORCA

Canción al cemento

Canción al cemento

Horst Bingel

 

Doblamos el latón,

No la flor, no el árbol;

Las calles emparedadas,

Hasta que vengan los hombres por la noche,

Por la mañana la mudanza.

¿Qué hacéis rondando por ahí?

Sólo los niños se limpian las narices, los niños

Sobre la arena juegan y pegan y se tirotean

Con porquerías en la ciudad, en las calles los niños.

                                                           

Cerrados con soldadura están

Los barriles, las botellas, las cajas.

Y la orquesta toca y termina

Y no acabará esta noche. Y las muchachas

Llevan en las trenzas, las notas de soldados

Que miran desde el foso.

Ah, mamá,

Devuelve las flores. Te regalo

Dibujitos, dulzainas,

Te regalo todo el cemento de este mundo.

 

ÍTACA

Cuando emprendas tu viaje a Ítaca
pide que el camino sea largo,
lleno de aventuras, lleno de experiencias.
No temas a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al colérico Poseidón,
seres tales jamás hallarás en tu camino,
si tu pensar es elevado, si selecta
es la emoción que toca tu espíritu y tu cuerpo.
Ni a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al salvaje Poseidón encontrarás,
si no los llevas dentro de tu alma,
si no los yergue tu alma ante ti.

Pide que el camino sea largo.
Que muchas sean las mañanas de verano
en que llegues -¡con qué placer y alegría!-
a puertos nunca vistos antes.
Detente en los emporios de Fenicia
y hazte con hermosas mercancías,
nácar y coral, ámbar y ébano
y toda suerte de perfumes sensuales,
cuantos más abundantes perfumes sensuales puedas.
Ve a muchas ciudades egipcias
a aprender, a aprender de sus sabios.

Ten siempre a Itaca en tu mente.
Llegar allí es tu destino.
Mas no apresures nunca el viaje.
Mejor que dure muchos años
y atracar, viejo ya, en la isla,
enriquecido de cuanto ganaste en el camino
sin aguantar a que Itaca te enriquezca.

Itaca te brindó tan hermoso viaje.
Sin ella no habrías emprendido el camino.
Pero no tiene ya nada que darte.

Aunque la halles pobre, Itaca no te ha engañado.
Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia,
entenderás ya qué significan las Itacas.

C. P. Cavafis. Antología poética.
Alianza Editorial, Madrid 1999.

Meridiano Neiva

Meridiano Neiva

Por: Hugo Mauricio Fernández

Estiro mi brazo de manera horizontal y obedeciendo a una ceremonia callejera, el colectivo de la ruta 13 se detiene dócil ante mi gesto desprevenido. Entrego las devaluadas monedas al conductor y encuentro mi lugar junto a una ventana, propicio para atravesar Neiva en el fragor del mediodía.

 

A esta hora, la ciudad es una iguana inquieta que exhibe bajo el sol los colores de su cresta a orillas del Magdalena. Siempre es curioso asistir a este festín de los colores, los colores de Neiva en pleno meridiano; ahora mismo este vehículo es un azul que pasa tenue a un verde luminoso y mi mirada interrogante se pasea en el espinazo de una avenida escamosa: la concurrida y transformada carrera 5ta  del centro de Neiva. Ahora quieren volverla ciclo vía y se jactan explicando que es un gran corredor digital, cuando todos sabemos, que nadie, a no ser que esté escoltado, se atreve a utilizar aquí su portátil, que sería presa fácil de los indigentes que abundan junto al desaparecido molino, bajo el puente del agonizante río Las Ceibas.  

 

“Buenas tardes señoras y señores…”, es la frase que resuena al interior del bus y me saca de mi ensueño de reptiles; “…ustedes disculparán la molestia…”. Es un hombre sudoroso, renegrido por el sol, que va pasando paqueticos de galletas a los cansados pasajeros; “…y como no hay empleo, yo prefiero rebuscarme honradamente antes que ponerme a robar o cometer otros delitos…”. Lleva una camisa percudida, una gorra descosida y un rostro demacrado de mirada sombría que denota el trajín y el hambre; “…recuerde, un paquete le cuesta $300, dos por $500 y cuatro en mil”. Aquí está mi personaje, pienso. Pero enseguida el hombre da las gracias y se baja del vehículo sin conseguir gran cosa. Desde aquí lo veo perderse en ese río bravo de tormentas y naufragios que es la calle, la ciudad y sus historias invisibles.

 

El autobús avanza en línea recta frenando a cada rato. Por unos minutos, y hasta la próxima parada se crea un silencio de bocinas y smock, que sólo se interrumpe cuando una avalancha de pasajeros aborda frente al SENA. “Señor, ¿me lleva por $500”?, exclama una muchacha con cierta timidez, mientras le bajan gotas  por la frente, la mejilla y su abultado escote. Aunque todos los puestos están ocupados, el chofer acerca el vehículo a la acera y espera a que suban los que aguardan a pleno sol, hasta convertirnos en una muralla de brazos y piernas enlatada.

 

El semáforo en rojo frente al Edificio Colonial, y el pregón de las vendedoras de frutas, asaltan mi infancia en un amplio bus amarillo, alegre de olores y matices. Recuerdo cómo en los ochenta todavía el transporte público era una posibilidad para el diálogo, se compartían gustos y secretos gastronómicos, se hablaba de los hijos y se discutía sobre política, en medio de la algarabía y los canastos coloridos del mercado. Entonces el panóptico, con sus enormes muros, aún no cedía paso al moderno edificio que lleva el nombre de nuestro gran poeta, en el que los politiqueros no se cansan de aludir a la dichosa “tierra promisoria”. Tampoco había tanta contaminación visual, con eso de las campañas electoreras, que por estos días reparten tamales, refrigerios y bultos de cemento.   

 

Atrás quedó la 5ta y sus ornatos alusivos a Rivera. Pero debo     reconocerlo, es confortable pisar el adoquín y recorrer las cuadras- jamás al mediodía- encontrando a cada rato un buen poema (aunque en alguno se escriba promisión con “c”). El bus sigue su rumbo. Así, llegamos a Las Vegas;  la rutina meridiana encuentra aquí su máximo jaleo: por el puente Santander desfilan como hormigas las miríadas de estudiantes y el  colono enorme del monumento a La Raza parece señalar la inclemencia del astro.

 

Es un estruendo atolondrado el que invade el pegajoso asfalto, los claxon, los gritos, el zumbido acatarrado de los autos, en fin, el graznido metálico del mediodía se vuelve intolerable. El autobús toma el carril Este de la carrera 2da y se detiene junto a la calzada que está detrás del Benito Salas. Es increíble que nuestros dirigentes y quienes piensan la ciudad –si lo hacen-, no sean capaces de reubicar este aeropuerto que representa una amenaza palpable a la ciudad, y en cambio, visionar en este espacio, una ciudadela universitaria de propicias zonas verdes e instalaciones decorosas.  

 

 Aquí está mi parada. Bajo del bus como sonámbulo, temiendo que las suelas se derritan en la acera. Subo las escalinatas del puente peatonal que cruza hasta la Universidad, donde no sé a que venimos los estudiantes si ni siquiera tenemos biblioteca. Me detengo a mitad del elevado corredor y observo el suceso atafagado; desde aquí la impresión de caminos de hormigas  se hace más intensa. De nuevo el delirio: Neiva es una iguana arrebatada a la que un jaguar de fuego somete con sus garras.

 

Desciendo del puente, compro una bolsa con agua, la destapo, y mientras me refresco veo a lo lejos a La Mona que viene con la cámara.

 

-Señorita, ¿cómo es para usted Neiva al mediodía?- bromeo.

-Insoportable- comenta riéndose y pide que nos hagamos en la sombra.

Soneto a Neiva

Soneto a Neiva

 

Jose Eustasio Rivera

 

Grave, como tu río que a la nación sustenta,

lustraste con tu gloria la estirpe castellana,

y para el nuevo triunfo, bajo el azul mañana,

tus palmas enaltecen su fronda soñolienta.

 

Ni tu ilusión se sabe, ni tu poder se ostenta;

y fúlgida entre el nido de ardiente resolana,

dejas que cada tarde, desde la cumbre cana,

te rinda el sol su manto de púrpura sangrienta.

 

Nunca profanos ojos leyeron lo que auguras:

el soplo de tus manes agita las alturas;

tu bosque de laureles sagrados es más denso,

 

y alta misión al mundo tu símbolo pregona.

¡En tu quietud solemne de bélica leona,

fluye bajo tus zarpas el Magdalena inmenso!

 

La ciudad

La ciudad

 

Por: Santiago Galeno

Ni tu ilusión se sabe, ni tu poder se ostenta;

y fúlgida entre el nido de ardiente resolana,

dejas que cada tarde, desde la cumbre cana,

te rinda el sol tu manto de púrpura sangrienta.

 

José E. Rivera, Soneto a Neiva

 

Para encontrarte es necesario descender a cada paso.

Dar el cuerpo a tus fraguas para recogerlo como escoria.

Es necesario acostumbrarse a tus desiertos de cemento,

a los garabatos transparentes que emergen de tu asfalto,

a tus nidos deshabitados de cartón y alambre,

a tu agua de vinagre

y tus vinos de cicuta.

¡Ah Neiva, ciudad del verano eterno!

Para soportar la vida en tus cáusticos laberintos

conviene tomar por amiga la ignorancia

y compartir el pan con el que ultraja a nuestra madre.

Para que tu orgullo no hiera

se reconoce que el mentón alto oculta el pellejo sucio

y el cuello roto de la camisa.

¡Ah ciudad moneda!

Tu azar no osó la fortuna en los pabellones de la desgracia.

En cada árbol bizarro pusiste el patíbulo.

Y sabes conspirar con los verdugos

para exiliar en la muerte a la razón…

De ti los ángeles huyen ciegos al ver tus manos de cal,

y los sabios guardan las semillas

para no perderlas en tus campos imberbes.

Has permanecido como una vaga espina

en las vértebras del tiempo.

¡Ah ciudad tres veces fundada!

Trío de fracasos sin cupo de honor en la historia.

¡Ah Sodoma sin fuego divino!

¡Ah león dormido que pronto brama!

 


 

El espejismo según Pedro Paulo

El espejismo según Pedro Paulo

 

Por: Ronald Carvajal

 

Ardiente y ensimismada en el olvido, donde asciende el murmullo de su poblada ausencia, la villa de San Juan de Neiva, una de las plazas hispánicas de la trilogía fundacional de la ciudad capital, renace hoy, bajo la optimista perspectiva de uno de sus hijos, que ya no lucha por destruir el poder de la cruz y de la espada, como los fieros Doches, Totoyoes y Pijaos; sólo desea construir una utopía mística y terrenal, más allá de los estantillos, los ranchos bucólicos de adobe, las casas tristes de cemento y la yerma estación del ferrocarril.

 

Un pálido gesto de orfandad se desliza en el amanecer, piel cobriza que renace  en su adusta mirada. Emprendemos el sendero de Pedro Paulo, apóstol beduino que nos ayuda a transitar por los dominios del sol. Jornalero sirviente de los surcos de algodón y del arroz, conoció el Desierto por casualidad, porque para él hasta los veinte años de edad, la región era un “baldío sin vida ni atractivo”.

 

Así como Jesucristo y otros profetas empezaron su ministerio en la treintañez, nuestro baquiano inició el camino del conocimiento acompañado por su amigo Leví Hernández, en bicicleta panaderas con las que anduvieron por la trocha principal, conquistada hoy por la carretera, donde imperan las camionetas de lujo, las caravanas de colegiales y los mototaxis “Made in China” de Juan Tatacoa y Chopo Taxi.

 

Desde su oficina, en el centro de Villavieja frente al obelisco de Lara Bonilla, todo está dispuesto para llevar a cabo un rito sincrético. En la pared, la imagen del líder mormón Joseph Smith, dispuesto a recibir la revelación divina, contrasta con los cuernos de macho cabrío que junto a la camándula, la bufanda indígena y el caparazón de la tortuga, revelan su ilusión constante: “Enamórate de la Tatacoa”, evangelio oculto, bajo el pretexto de empresa turística.

 

Pedro Paulo Amaya Olaya, recuerda antes de partir, cuando vio la película “El Río de las Tumbas”, que confirmó el desinterés por el desierto tanto en villaviejunos como en los cineastas, pues las dunas y los cardos no aparecen en escena, y para los propios no es más que un peladero. Marchar al mediodía no es descabellado. La mañana está caliente aunque en los últimos días aparecen las lluvias que arruinan el paisaje de este bosque seco tropical, como él lo denomina, desde su vocación empírica.

 

Para adentrarnos al sendero del desierto, abordamos el único triciclo disponible que pese a la mediación de nuestro guía, el precio no fue negociable. “Por eso el extranjero poco quiere saber del trabajo de los guías y sus intermediarios”, musita Pedro Paulo a espaldas del conductor.

A poco de habernos distanciado de Villavieja, la vía se empina hacia una loma conocida como el mirador de Miguelito, antiguas propiedades del hacendado Miguel Rubiano, desde donde se divisa el pueblo con sus árboles de naranjero, piguá, mamoncillo, payandé y tamarindo, la cúpula de la Iglesia de Santa Bárbara y el río grande de la Magdalena que como telón de fondo refresca el horizonte. Por el camino se observan campesinos arrodillados en el lodo, desafiando la propiedad privada en la búsqueda de anheladas pepitas de oro que logren refulgir en sus bateas.

“Aquí llegamos a los colorados del Cardón, conocida como la ruta del arco iris”, señala Pedro Paulo mientras descendemos del vehículo y apreciamos el intenso carmesí de este suelo, rico en hierro y fosforo. “Este lugar es iniciático, las cabras son los amos de estas tierras, devoran el pelá hasta dejar sólo sus espinas, bajo su señorío, el paladar de la zozobra convive con el estigma de la sed eterna”, sentencia con tono pesimista.

 

Próximos al observatorio de los sabios científicos, punto donde termina el sendero de asfalto, se vislumbra la apatía del profeta cuando hablamos de Aúriga, Orión, Andrómeda, las Gemínidas y otras maravillas cósmicas. “Aquí la gastronomía prevalece ante la ciencia, se venden más los estafados de chivo que las entradas para utilizar el telescopio”, comenta con desdén mientras recuerda: “Este edificio hace parte de un proyecto que le arrebataron a John Freddy Ortíz, un soñador que no alcanzó la gloria astral, por no tener en su constelación, un político con luz propia”.

 

Frente a la torre de Galileo, se ingresa a los laberintos del Cuzco, bifurcaciones de cárcavas y ondulaciones que se recorren durante dos horas letárgicas de caminata. “El testigo”, enorme estoraque que como faro guardián halaga el torso de la brisa, nos da la bienvenida. El pellejo de arena nos adentra en un complicado tramo de sitios mitológicos. “Aquel es el ojo del desierto”, señala el apóstol de las rocas, al tiempo que conjura: “Quien lo atraviesa, siempre irá más

allá del más allá, hasta la orilla del despertar”.

 

Distante, surge el Árbol de los Deseos “cuyos capullos de hoja de naranjero permiten a los soñadores cumplir sus peticiones con sólo abrir delicadamente el cogollo. Aquella es la Cueva del Beso, representa el amor inmortal entre el hombre y la mujer, como la flor del cactus que impone a las espinas el carmín de su encanto”.

 

Soplo del creador expuesto a la soledad, divaga por su psiquis sometida al insomnio, el delirio de persecución y la angustia. El viacrucis empezó en 1993, cuando prestando servicio militar en el Batallón Tenerife se desató la crisis bipolar que lo confinó 152 días en el hospital militar de Bogotá y cuyo único sosiego son las capsulas de Cloxapina y Litio. “Mi última profecía se cumplió hace cuatro meses, cuando me tomé las calles y desafié a la autoridad policiaca. Cerré las vías y me sentí el patrón de Villavieja; tristemente cuando recobré la conciencia, me dijeron en casa que mi papá había sufrido una crisis cardiaca”.

    

Al escapar del laberinto con destino a los Hoyos, pasamos por el rancho de Rosalina Martínez Pascuas, conocida como la Reina del Desierto, “a la que el señor le dijo: tú serás la guardiana de mi Edén”, comenta el vate Amaya, mientras cruzamos frente a la escuela del Cuzco, cuatro paredes tristes sin estudiantes, destinada a convertirse en una fantasmal añoranza de tiza y tablero.

 

Prevalece el mediodía como fruto maduro de la inmortalidad. Estamos próximos a arribar al Valle de los Fantasmas, remoto vestigio de susurro marino, donde las huellas del invencible cocodrilo se han disipado en la arena. Desde la formación que asemeja un perro labrador se vislumbra el resto del área, se contempla la hibridación de la cabeza del caimán con el caparazón de la tortuga, las patas de  elefante, el botín de cuero y otras imágenes fantásticas que sobresalen en el  gris, próspero en silicio, aluminio y magnesio. 

 

Juan Tatacoa, advierte sobre las leyendas que recorren este suelo arcano. El guardián del desierto, un jinete alto que usa sombrero alón y monta una bestia mular que en las medianoches espanta a aquellos que intentan hurgar en las estrellas. El pollo del desierto, un chilaco parecido al correcaminos advierte a los campesinos sobre las tragedias que sucederán; si se imita su canto, esta ave picotea el calcañal. El gulamaz, felino sigiloso que degolla cabritos y gallinas. Así como la muerte del Vaquero, quien en un viernes santo salió a rescatar un toro cerrero en la loma de la Picota, pero en su intento rodó al abismo, por eso en el ocaso se escucha el lamento postrero del mayordomo todas las noches de Gólgota.

 

El límite turístico del valle de Xilópalos donde las maderas fósiles han sido llevadas, unas al museo paleontológico de Villavieja y otras, guardadas como el más preciado hallazgo por investigadores, nos muestra la travesía del agua. ¡Agua!, frescura desterrada. Vocablo prohibido que carcome los gaznates. Felicidad negada. “Esa que se ve allí, es la piscina de Doña Orfanda y el agua es extraída de fuentes subterráneas”.

 

El retorno del peregrino hacia el pueblo se mitifica ante la presencia de la serpiente Yararaca, nombre de una indígena rebelde encarnada en la cascabel que se desliza soberbia por el suelo terracota; ambos subestimados por nuestra escolástica capacidad de comprensión. “El desierto es mi tierra prometida, aquí quiero construir mi casa de piedra y perpetuar el espejismo de mi evangelio taciturno”, expresa al palpar una pequeña y áspera piedra triangular con la perspectiva del Ojo del Desierto.  

 

Pedro Paulo es reconocido por sus discípulos como el maestro de la guianza. No quiere ser desterrado de la villa, umbral de sus profecías y prefiere sepultar en su memoria, la ciudad que lo consumió en una espesa vorágine de melancolía y anonimato. “Neiva, no es el oasis que todos se imaginan, la soberbia de sus habitantes y el oscurantismo de su cultura la dominan”, señala buscando en el paisaje aparentemente estático, la ruta hacia la eternidad.

 

Voces de Infantería

Voces de Infantería

 

Por: Ivan Tafur

 

Quien haya padecido el valle de las tristezas puede creer que lo único que da unidad y sentido a su existencia es la ironía.

 

Muchos nombres parecen satirizarse a ellos mismos: “Las Delicias” es un barrio insípido y solitario, “Cándido” del prócer de las caucheras no dejó ni la vocación política en esta generación ya envejecida. “Granjas” y su casta de leguleyos abandonó sus raíces. “El Altico” entre albures cayó en bajas pasiones. Habrá quien diga que” Las Brisas” ya ni soplan. También asocio a una soledad visceral los desplantes de los politiqueros que nos hacen olvidar que estamos en plena era de las comunicaciones.

 

Por eso, un sordo atiende la biblioteca central; la de esa ciudad educadora que no lee. Y allí cerca, el Concejo de la ciudad no se reúne, se desune en torno a la honra de los altos funcionarios de turno “empapelados” por los juzgados.

 

El desempleo deambula desde la guerra de independencia por unas calles que parecen permitirle, solo a él, ser el dueño de sus horas.

 

De parroquia a inquilinato de desplazados, la fiebre del petróleo parece haber conjurado el atavismo burocrático y haber cambiado a aquel puerto fluvial que no llegó jamás a zona franca, pese a las crecientes del Páez, en tránsito obligado de inmigrantes arribistas, como un llanero que inventó el himno departamental, o una “gloria nacional” del ciclismo, quien para no olvidar su vocación mulera paisa, sembró sus capitales en el negocio del transporte.

 

Con soberbia de marca importada, algún aviso publicitario de almacén de cadena, reemplazó a una gigantesca ceiba, para exhortar a los neivanos a “querer a su tierra”. Los vistosos avisos de la alcaldía, repletos de errores ortográficos, ya han sido presa de los poetas noctámbulos, los que leen a vela o la luz de un farol, o se arrastran, pedestres, a la vista burlona de los técnicos de empresas con nombres extranjeros.

 

Ya nada extraña: un analfabeta es contratista de una petrolera. Un funcionario universitario enajenado delega a una oficina de bienestar el manejo de su chequera. Un enfermero, culpable de muchas muertes por ignorar los logaritmos, de viaje a algún postgrado en administración. Y tantos otros funcionarios ”benefactores”, que roban el producido de las matrículas de los colegios, las ayudas a los damnificados por catástrofes naturales, los dineros de los hospitales, las limosnas de las iglesias mal custodiadas, y todos ciudadanos honorables.

 

Yo no estaba en venta. Tampoco me llevaron a la plaza para que hablara mal  ni bien de ella. Hoy me ofrecen unos centavos para que diga que me ha ido “muy bien gracias” sin vender mi conciencia, pues no llevo marcado el collar, ni soy devoto de santo alguno, de esos que sudan y dan pecueca, y mi único cielo es la tierra, alguna Utopía, de la que este no es más que un extravío por un valle…

 

Comparto lo que supuestamente “me toca” en impuestos, polución, leyes de estado de excepción, costo de vida y desarraigo, incluso con aquellos que “no van a la plaza”, pero a cambio obtienen grandes dividendos por solo pisar el mismo suelo, o venden a la nación a un alto costo; la imagen de estar “haciendo patria” copiando lo extranjero.

 

Unos quirópteros me han becado con nísperos, mangos y otras frutas que me hacen olvidar la competencia… a ellos dedico estas páginas. No a Einstein.

 

La otra historia de Matamundo

La otra historia de Matamundo

 

Por: Diego Rafael Cerón

 

Matamundo se mantiene en el tiempo como un viejo castillo medieval. Sus cercas de piedra y mezcla, sus fortalezas de cal, sus caminos empedrados y su cubierta de árboles, son los atractivos de turistas de museo que se fascinan por todo lo que observan aún cuando no comprendan su historia. La hostería está ubicada en la esquina de la carrera 5 y la calle 2 sur. Desde el puente de Rioloro o desde el semáforo, pasando la vista sobre los charcos, el estiércol de los perros y caballos, y las bolsas rasgadas de la basura, se divisa su ostentosa construcción sobre una colina. La fachada de la casa contrasta notablemente con los habitantes y el espacio público de la zona. Cualquier viajero dejaría pasar por inadvertida sus instalaciones, y se preguntaría por su interior cuando viera ingresar las camionetas cuatro por cuatro de los médicos, abogados y políticos del departamento.

 

El camino empedrado de la entrada conduce a la sala principal. Una recepcionista ofrece los servicios de la hostería. Para no demostrar mi interés pregunto por el precio del hospedaje. Miro para los lados. Un pasillo conduce al restaurante. Dos hombres bien vestidos empujan la puerta de vidrio que queda en movimiento. Alcanzo a leer: Se recibe VISA o MASTERCARD. “¿Es una cotización parta un grupo?”, pregunta la recepcionista. “Pensamos hacer un evento cultural”, respondo desinteresadamente, y dos meseros pasan para el restaurante. Me dirijo hacia el jardín que está entre la recepción y la piscina. Disfruto de la sombra de los mamoncillos, mangos, ciruelos, arrayanes, dindes, tamarindos y guásimos, veo en derredor flores veraneras y copas de oro. Detrás de la piscina sobresalen otros arrayanes, tamarindos y un inmenso árbol de caucho. Un hombre moreno de contextura delgada, realiza las labores jardineras de la hostería. No cambian mucho los tiempos, pienso. Del restaurante sobresale la torre central. Un pequeño salón que por su altura sirve para divisar a los transeúntes de los alrededores. Las paredes son blancas, pero sus guardaescobas están manchados de lama y barro acumulados por la lluvia.

 

En la recepción, la señorita habla con un encargado de la hostería. El señor mira hacia donde estoy. “Yo lo atiendo”, dice. Me aproximo nuevamente. “¿Es para una o varias personas?”. Insisto en la reunión cultural y respondo que es para varias. El señor consulta una lista de precios, y me da tres cifras por escrito. “¿La hostería conserva su arquitectura tradicional?”, pregunto. “Hace treinta y cuatro años se le construyeron aquellas habitaciones”, responde señalando un bloque contiguo al parqueadero de la entrada. “¿Es usted historiador?”, pregunta el señor con curiosidad. “No. Solo deseo conocer un poco el lugar”. Queda pensativo. Se quita los lentes, los limpia con un pañuelo, se los vuelve a poner y responde: “Sobre Matamundo se ha dicho muchas cosas, sobre todo de su nombre. Pero éste no proviene de la Guerra de los Mil Días”. Demuestro mi interés por su narración. “Su nombre existía hace mucho tiempo… sino que la historia acomoda los hechos”.

 

Queda en silencio. Comprendo que no le interesa darme información. Me distraigo con la pulcritud de los pasillos. Descubro que la construcción arquitectónica no corresponde a la original, sino que es la concebida por Max Duque Gómez. En la guerra de los Mil Días Matamundo era una llanura que iba desde el río Arenoso hasta el Rioloro, de sur a norte, y desde el río Magdalena hasta las lomas de Avichente, de occidente a oriente.  Tenía unas cuantas casas pajizas que quedaban en los recuerdos campales de los viajeros que pasaban por sus caminos de herradura. La suntuosa hacienda sepultó la historia de las guerras entre guerrillas del Tolima y tropas conservadoras de la provincia de Neiva al mando de Arcadio Charry. Cierro los ojos. El viento trae los rumores de máuseres  y grass, los gritos desesperados de los liberales que corrían –llanura al sur- hacia Trapichito y la Manguita, y los truenos cuadrúpedos de los caballos como antigua leyenda de cruzadas. Los ríos que cercaban la hacienda eran las tumbas flotantes de los liberales. Un olor a cadáver se levanta con la brisa y el sol de la tarde. No obstante la antigua hacienda hoy se muestra como museo u hotel campestre, como patrimonio histórico del Huila.

 

Después de la guerra (1902) y la separación del Tolima (1905), el predio perteneció a la familia Uribe Afanador. La señora Rosa Elena Afanador, estando en la capital en 1943, vende la hacienda a Maximiliano Duque Gómez, quien la hizo demoler para instalar allí su casa familiar. Fue una casa de campo prestigiosa. Con el tiempo sería visitada por los políticos –en su mayoría conservadores- que vivieron la guerra bipartidista de principio de siglo. Por sus corredores y jardines caminaron los ex presidentes Eduardo Santos, Mariano Ospina Pérez, Guillermo León Valencia, Carlos Lleras Restrepo, Misael Eduardo Pastrana, Alfonso López Michelsen, Julio César Turbay y los parlamentarios, Luís Ignacio Andrade y Germán Zea Hernández, entre otros. Así pasó a ser un olimpo terrenal que albergaba a los políticos colombianos. No era para más. La llanura de Matamundo constaba de inmenso terrenal. Basta imaginarse la topografía de la zona para darse cuenta que su tierra no era pequeña ni estéril; rodeada de agua podía mantener una superficie grande de pastos y árboles frutales.

 

Las intenciones empresariales y el estatus social que tenía Max Duque lo llevan a fundar la Clínica Santa Isabel. En ella se atendieron a las personas que padecían enfermedades como la tisis, la inflamación de la vesícula biliar y, sobre  todo, el bocio. La gente de Neiva por no consumir alimentos cuya sal tuviera yodo, sufría de inflamación del coto. La clínica Santa Isabel estaba para atender misericordiosamente a los cotudos. Las filas eran largas, y cuentan personas que vivieron la experiencia, que Maximiliano, estando dentro del consultorio, solía decirles: “¿Usted qué tiene?”. El paciente, creyendo que le hablaba de su enfermedad, respondía: “Pues yo tengo un dolor…”. “No, no –interrumpía  el médico-. ¿Usted qué tiene, vaquitas, pollitos, cabritas…?”. Y después de llegar a un acuerdo sobre el costo de la operación en especies, el paciente llevaba  la suya y hacía una larga fila en espera del turno. Eran filas de hombres y mujeres de edad, con sus animales y una gran protuberancia en la papada. Bien cabe para el médico el dicho popular que dice: “Tras de cotudo con paperas”.

 

De la gran llanura de Matamundo vendió Max Duque al municipio una parte para construir el barrio que ahora lleva el nombre de su clínica. En el año 1966 se realiza la primera publicación del Diario del Huila que queda en manos de sus herederos, y que compran los interesados del sector público para ver su foto en las “páginas sociales”. Como orgullo patrio está su placa memoriosa. De todos modos, estas referencias las explican mejor en la hostería. Por medio de una solicitud preparan para el turista un recorrido explicándole la epopeya azul. Cualquiera se ennoblece por su tinte aristocrático.

 

Hace casi cuarenta años que la hacienda pasó a convertirse en una suntuosa hostería. Sus instalaciones sirven para realizar eventos sociales, y sus fiestas son una orgía de lujo. Un matrimonio o una reunión de negocios son motivos suficientes para festejarlos en los salones blancos de Matamundo. Siempre hay espacio para un guía turístico que conoce la historia cliché en las cartillas del departamento. Entonces, el tradicional baluarte de los cacaos florece en un salto de copas, licor, pasabocas, cócteles, güisqui y unos cuantos condones en los cuartos de los huéspedes.

 

“Muchas gracias por lo que no me dijo”, digo al encargado de la hostería. Salgo del salón principal, paso el parqueadero, desciendo el camino empedrado y cruzo la carrera quinta. En la caseta pido una cerveza. Bebo el refrescante licor mientras veo la basura en las calles, los indigentes con su costal al hombro, las paredes mohosas de la hostería, las camionetas 4x4, el camino empedrado, el olor a cloaca del Ríoloro y a cadáver que trae el Magdalena desde el occidente. “Cuántos muertos hubo, cuánta vanidad permanece”, digo en voz alta. Giro un poco la cabeza y fijo los ojos en el letrero de la entrada: “Bienvenidos a Matamundo”.

 

Falsos Negativos

Falsos Negativos

 

Por:  Emiro Bravo Muñoz

 

La oscuridad no cede jamás. Por instantes, brillan repentinas centellitas blancas y resplandecientes. Son las hojas de los puñales notificando a los fantasmagóricos vivientes que acaban de desenfundarse para cumplir su misión: que broten hilillos de la sangre cansina de sombras trémulas, ansiosas y brutalmente sometidas. Espíritus pusilánimes, amantes del rigor de las bajezas humanas. No cualquier clase de bajeza, sino aquella que exhibe fauces bestiales y humillantes; la que se ufana en su capacidad tiránica de prepotencia y exclusión, la que niega cualquier posibilidad de espacio al atrevido que osa desafiar sus endebles principios filosóficos,  éticas que subliman mojigaterías y  no resisten un  burdo reciclaje de vergonzosa dignidad humana.

 

Llegaron como judíos errantes desde los cuatro puntos cardinales del país, al ghetto reducido en la falsa metrópoli de asfalto agonizante y fuego abrasador. Torbellino calcinante de almas condenadas a una eterna y horrible penitencia. Hombres provenientes del Valle como “Enrique el Caleño”, campeón en los tablados populares a punta de zapatazos de salsa caribeña, impunemente asesinado con la hamburguesa de sus sueños, cargada de salsas y deliciosas carnes, instrumento mortal que entregó en sus manos una caritativa dama de elegante estampa y carro fino.

 

Arciniegas llegó a la carrera quinta con destino ineludible, con las tripas en las manos, abandonado por un ejército que presume ser del pueblo, agonizante y cubierto con los flecos de sus sueños; guerrillero que cayó bajo el manto de una irredenta bandera. Aniquilado no por el disparo que atravesó su humanidad, si no, ahogado en las turbias aguas del río Las Ceibas, según Medicina Legal. No podían faltar los chaparralunos y un botón basta de muestra: El Mocho, artesano frustrado que en prisión aprendió a tallar diminutas sirenas de jabón, encontró su trágico fin a unas cuadras del puente de la quinta; impune víctima de una de las tantas barridas sociales. El Cauca entregó su aporte con El Indio, un fanático arborícola que murió tal vez, cuando le dio su regalada gana, la parca del mango se fue con él a tierra y su cráneo se estrelló desparramando los pocos vestigios de vida que aún le restaban sobre un andén de Santa Inés; su muerte sólo despertó comentarios maledicentes de vecinos: “Eso le pasa por roba mangos”.

 

De la gran capital que pregona estar más cerca de las estrellas, llegó al puente Gurropín, cerebro carcomido por la esquizofrenia de la guerra, que pegó sobre su pecho la medalla de un camuflado con el que inventaba quijotescas batallas en la cuales salvaba la vida de su General Rojas Pinilla, caudillo del que se creía su encarnación. Sin embargo, prestar sus valiosos servicios al ejército le fue inútil, pues una noche cualquiera, lo enfriaron con un tiro en la cabeza unos mensajeros que también lucían orgullosos su estampa militar.

 

No en vano los primeros nómadas que llegaron a Neiva, tal vez con desprecio la llamaron “El Valle de las Tristezas”, es que hoy como ayer la mansalvera muerte asecha al blanco barbudo como enfila su guadaña contra cualquier vulgar ladrón. Bárbaro ejemplo que enseñoreado en el crimen detesta al hereje que no comulga o que se presume comulga en pecado mortal. ¡Oh!, bendita ciudad de piedra y cemento, vulgar copia de civilización que no brindas ensueños sino vanas ilusiones. Los puñales indolentes de los modernos nómadas, llamados “desechables”, recuerdan los destellos de espadas castellanas, vascas o andaluzas que se repiten en los días y las noches plagando de ignominia lo que pudo ser luz y hoy es tiniebla.

 

La memoria del parche de la quinta no quiere ser escuchada por ninguno. Aun la lucha de los Epulones contra los hijos de la miseria sigue oxidada como un mendrugo a la sombra de la muerte. Por eso, cuando el sargento ve la foto del ñampiro cualquiera dice al teniente: “Esto es un simple negativo” y el oficial responde “No sargento, es una foto perfectamente revelada”, a lo que el otro sentencia: “Este rostro es un falso negativo, pero no se preocupe mi teniente, que esta noche lo convierto en positivo”.

 

Memoria de un paquidermo marfilado

Memoria de un paquidermo marfilado

 

¿QUÉ PASA CON EL PARQUE ISLA?

Memoria de un paquidermo marfilado

Por: Alejandro Valle Cantor

 

Como un proyecto de grandes ambiciones que se nos ha querido vender como un “escenario privilegiado para la educación ambiental y la conservación del río Magdalena”, nace en el 2001 por iniciativa de la Corporación Autónoma Regional del Alto Magdalena, el proyecto que ahora de manera ostentosa es denominado como “Parque Nacional Ambiental Isla de Aventura”, en el que actualmente la Gobernación del Huila, la Alcaldía de Neiva, Comfamiliar Huila y Cormagdalena, ¿invierten?, cerca de 50.0000 millones de pesos.

La memoria de este marfilado paquidermo se remonta al año 1943, cuando el médico Maximiliano Duque, compró a la señora Rosa Elena Afanador de Uribe, la antigua hacienda Matamundo y tres islas, Carpeta, Carpeticas y parte de la isla La Gaitana. Luego, en 1967 el anheloso galeno, las  “vendió” a sus hijas, Nohora y Olga Duque. En 1982 la Inmobiliaria Rodríguez Duque y CIA, y Olga Duque de Ospina la donaron al INCORA con destino al Fondo Nacional Agrario.

El 30 de Mayo de 2000, se protocoliza la compraventa de los predios de la isla No. 1 y la isla No. 2, en una extensión de 50 hectáreas, siete mil ciento ochenta y un metros cuadrados(507.181 m2) que la familia Yépes Blanco trasfiere a la CAM. El valor de la compra ascendió a la suma de doscientos dos millones de pesos. El mismo año la CAM, compra a Delia Murcia por un valor de noventa y seis millones de pesos, 17 hectáreas más, que constituyen las 67 hectáreas, 20 de las cuales son bosques primarios, en los que desde hace más de nueve años se llevan a cabo costosísimos estudios, que se repiten, infructuosos para la ciudad, pero de gran provecho para la clientela en turno de cada administración.   

Sin embargo, el centro y norte de la isla La Gaitana, tiene una misma descendencia de campesinos que la han explotado en forma de partijería; las familias Yepes Cantillo y Osorio Vivas, cuyos descendientes aún cultivan sus mejoras en esta parte de la isla, como es el caso de Emperatriz y Miller Osorio, que aparecen legalmente como propietarios actuales de los terrenos que corresponden al 19.51% del total de los predios; la mayor parte es del estado a través de la CAM y el INCORA.

Y como todo buen negocio no lo es sin su buen abogado, hay que evocar a las dos lumbreras que son pioneras de este gran figurín, los doctores Albeiro Castro Yepes y Alberto Torrente Castro, quienes en 2001 presentaron la propuesta ante la CAM, Cormagdalena y la Gobernación del Huila, “preocupados por la utilización y aprovechamiento socioeconómico de los escenarios ecoturísticos”, como reza el documento, soportada sobre los trabajos de campo de estudiantes de la Universidad Corhuila, que denominaron con holgura “Proyecto de investigación y estructuración de un portafolio de productos y servicios que facilite el Marketing para el proyecto ecoturístico del Parque Isla del río Magdalena en la ciudad de Neiva”, texto que por lo demás, adolece de graves horrores ortográficos y de redacción.

Así las cosas, sólo tres años después, en 2004 la CAM, según documento de su archivo, realiza el “Diagnóstico Socio-ambiental Participativo para el Parque Isla”, en el que se justifica con demagogia la importancia de este negociazo que no sólo engordaría los bolsillos de los politiqueros, sino que aportaría al “mejoramiento de la calidad de vida de los isleños, los canoeros,  los pescadores y la ciudadanía en general”.

En este punto vale la pena preguntar, ¿por qué, si desde entonces existe un dichoso diagnóstico que corrobora la necesidad de construir un gran parque de aventura y contaminación en este bello lugar, se siguen gastando miles de millones en estudios fantasmas de factibilidad?

En 2006 uno de los proyectos a vender por la administración municipal de entonces, que incluso se podía gogliar en la web, es el mismo que hoy ocupa las páginas centrales de las publicaciones oficiales de Empresa Públicas y las revistas de la alcaldía, en las que las conjugaciones de los verbos en futuro son abundantes, “haremos, será, aportará, beneficiará…”.  Promesas, que según el actual alcalde de Neiva se harán efectivas con los 46.000 mil millones más que se gastaran en esta gran obra; 16.000 mil de los cuales ya desembolso el director de la CAM, doctor Rey Ariel Borbón, como asegura el ingeniero Ramírez Escobar, en la editorial de la revista Neiva Epicentro Turístico del sur colombiano, editada en el segundo semestre de 2009.

El 18 de Febrero de2009, se hizo pública la convocatoria para arquitectos y empresarios de la construcción, para participar en el concurso que seleccionó “la mejor propuesta de diseño  que será aplicada en el proyecto turístico”. El 20 de mayo del mismo año, supimos por el diario La Nación, que el diseño denominado “El Río Grande de la Magdalena”, de la arquitecta bogotana Diana Wiesner, fue seleccionado por “hacer una interpretación que reúne los componentes culturales, turísticos y ecológicos”.

Aquí, quiero ser pesimista para beneficio del río y espero que, como todos los anteriores estudios y aspavientos sobre el tema del fantástico megaproyecto, que llevan casi diez años, se queden en veremos. Así, prolongaremos la agonía del Magdalena, preservándolo del turismo consumista de visitantes insensibles, que harían de este hermoso lugar una cloaca de frituras y gaseosas en lata.

Por lo pronto, sólo resta confiar en la felonía de nuestros dirigentes, para que el abandono, las prostitutas y los locos, sigan rigiendo en la maleza del gran Parque Nacional Islas de Aventura.

 

 

Los hijos del río

Los hijos del río

 

Por:  Hugo Mauricio Fernández

 

A la orilla del obscuro Magdalena la ciudad se descubre en el espejo.

Siempre me ha gustado el río. Caminar atrevido por la orilla y observar las aguas densas donde transita nuestra alma, el alma de nuestra ciudad y su memoria contaminada. Por este cauce turbio fluye amnésica la historia de Neiva y el país: sus conquistas, sus guerras, sus derrotas, su estéril desarrollo.

Sin embargo, aquí el viento es generoso, no hay que esperar la noche  para disfrutar de su caricia. Aunque algunos tampoco esperan su  complicidad  para blandir sus colmillos; por eso es peligroso arriesgarse en esta ruta. Transitar desde el monumento La Gaitana hasta el antiguo puerto  Caracolí es toda una aventura callejera, uno se encuentra con una torrentosa variedad de personajes: los artesanos, los pescadores, las prostitutas, los vendedores ambulantes, los loquitos, los trashumantes de la vicha y el cuchillo; todos nómadas urbanos, ilegítimos vástagos del  Magdalena.

 

El brillo del puñal flota azaroso en la corriente.

El hombre es joven, de tez morena y ojos de babilla; está descalzo, sin camisa, el pantalón sucio recogido a las rodillas. Se acuclilla de nuevo y repara en derredor para dar fuego a su pipa, que consiste en una tapa de plástico atravesada por un palillo de colombina, cargada con una mezcla de bazuco y ceniza de tabaco. La mujer que está a su lado es muy delgada, de rasgos finos, con una giba pronunciada que la asemeja a un morrocoy. Ella prepara el próximo fogón alucinógeno tras una mueca de angustia y regocijo, mientras el hombre le aparta la costra de cabello que ensombrece su frente.

Así, apacientan incontables hombres y mujeres en cambuchos miserables, calcinando de basura y excremento la ribera del famoso malecón turístico. Por cuatro mil pesos una pequeña lancha de madera hace el tour ecológico y permite apreciar el deprimente cuadro. “Ahora vamos a dar la vuelta al Parque Isla”, comenta el boga, mientras surcamos a contracorriente desde el artificioso  Museo Prehistórico hasta el decadente Puerto de las Damas. Allí, junto a la estatua ocre al pescador, la congregación maldita llega a su máximo acopio: algunos dormitan sobre cartones, otros escarban en el detritus algo que echar a la barriga, los más, buscan algún rincón impredecible para seguir como locomotoras echando gris al paisaje. Incapaz de comprender las causas reales que llevan a estos hombres a tan patéticas condiciones, veo claro el reflejo de un contexto de inoportunidades y miseria que contrasta con la opulenta empresa del narcotráfico.

Por lo pronto, visitar el ostentoso Parque Isla es un gran fiasco, como lo explica Miller Osorio, habitante y dueño, según él, de la mitad de la isla: “El motor del teleférico se lo robaron los fantasmas porque nadie da razón”. Afirma mientras  señala la maleza que crece en el paisaje abandonado, ahora  dominio de indigentes y las resacas de las meretrices. “Esto ahora está a la buena de dios. En cambio se les llena la jeta hablando dizque del mega proyecto. Para completar,  ahora quieren comprar todo esto para otra gran obra que debe ser otro cheque chimbo”. Remata al tiempo que agita las manos con vehemencia y  rememora  una antigua maldición del agua, el mito habla de la ira ancestral contra el crecimiento enfermo de las ciudades.

El Magdalena está cumpliendo un destino ineluctable: convertirse en desagüe de nuestras inmundicias criminales; por aquí, no sólo baja la basura y los desechos de nuestro ayuntamiento, también la sangre de indígenas y campesinos, obreros, sindicalistas, estudiantes y miles de ninguneados que no aparecen en la historia violenta del país. 

 

Por los andenes agitados bajan tacones lujuriosos.

La ciudad es otra cuando cae la noche. El calor cede a una brisa erótica, las mejillas pálidas se encienden con las luces de neón y la cofradía oculta de las damas de la caricia dispone su ceremonia. Aquí, frente al lodoso río, abundan rincones donde traficar un amor de un rato.

Dice llamarse Flor. Con su falso acento cosmopolita explica que no suelta nada, ni la lengua si no hay plata. Esto me recuerda unos versos, y para ganarme su empatía recito con alarde: “los poetas llegan caídos de la borrachera y hablan y hablan y hablan. Poeta que se respete ha escrito un poema en el que habla de nosotras, la libertad, el alcohol y otras lindezas. Ellos saben que aquí se les celebra todo siempre y cuando traigan plata, sin plata no hay poema que valga.” La muchacha da una larga fumada, apaga los ojos y expira, “tu lo dijiste amor, yo estoy es trabajando”, comenta sonriente y concluye: “te doy la entrevista si me pagas”.

Su verdadero nombre es Florinda. Tal vez de unos veinte años, aunque presume diecisiete. Piel morena, ojos claros, pulidas piernas y Camila, una pequeña que sostener. Para lo cual, de miércoles a sábado se desnuda en la casa del reptil por unos cuantos pesos, que ayudan para el arriendo de la pieza, la comida y la niñera de su hija. En el bar trabaja hace dos años, desde el día que llegó a Neiva con Camila en sus brazos, recién nacida en la zona rural del Municipio de Algeciras, de donde huyeron desterradas por miedo de la guerra.

Es su turno. El disjockey sube el volumen de la música electrónica y anuncia el show de Florecita, que está de minifalda negra, vestida de diabla con cachos y con cola. Ella camina hacia la tarima, asciende, se agarra del paral cromado e inicia, como una sierpe, sus lascivos movimientos: se acaricia de arriba abajo con detenimiento, se inclina horizontal y exhibe con un gesto procaz, sus senos voluptuosos un poco ya marchitos, sus enormes nalgas, la cavernamparo de su sexo; sin quitarse los tacones, sudorosa, recoge su ropa y atraviesa desafiante hasta una mesa, donde se viste sin apuro. Un gordo calvo se aproxima, invita una cerveza y susurra a su oído algún piropo.

La ciudad mojigata no acepta el desparpajo de su vida nocturna; mientras tanto, para obreros, militares, comerciantes y políticos que son asiduos clientes de estos lúbricos lugares, estas mujeres son las más honestas, pues son las únicas que anticipan su precio, ya que las suyas quieren todo a precio del alma, como afirma algún poeta al reivindicar este oficio milenario.

 

Una canoa de fantasmas naufraga en la monotonía del anzuelo y la carnada.

Orlando Bocanegra es pescador artesanal por convicción. Vive en la legendaria calle del champan, en el barrio Caracolí, a diez pasos del antiguo puerto hace ya media centuria. “Yo conozco el río de aquí pa´rriba hasta el puente Pumarejo”, comenta con orgullo, mientras emploma una atarraya y evoca la travesía que junto con Fidel Osorio y Alberto Sabogal emprendieron en el 76 en busca del mar: “Estuvimos remando 19 días. Le dábamos hasta que nos cogía la noche; y eso porque la autoridad en Barranquilla no nos dejó seguir hasta Bocas de Ceniza”

Desde niño le atraía el río; en lugar de ir a la escuela como otros, se escapaba en aventuras solitarias a pescar, con anzuelos que él mismo fabricaba de alambres oxidados. Tejer atarrayas, remendar chinchorros, fabricar canoas y conocer las artes de la pesca, fue el derrotero que eligió para su vida en Puerto Camacho Girardot, donde vivió su infancia signada por las escamas, las tripas de pescado y la espuma turbia del río Magdalena.

Como él, subsisten en el Malecón decenas de pescadores que se ganan la vida en este noble oficio, que requiere de gran paciencia y templanza de espíritu, más aún cuando no se es beneficiario de los programas oficiales. “A nosotros no nos dieron locales porque no somos amigos de ningún político”, alega Félix Teodoro Cubillos, popular amigo del Mohán, cuando le inquiero la razón por la cual siguen vendiendo el pescado frente al desaparecido muelle. “Esos cuchos se los repartieron a un poco de lagartos que son revendedores, nosotros si somos pescadores, con mi papá muchos llevan más de cincuenta años aquí en el puerto, madrugando, encerrando, recogiendo y a veces hasta anzueliando.” Interrumpe Elkin Cubillos enseñando como si fuera el mejor trofeo un bruñido bocachico.

Ellos, a quienes prejuzgo ignaros,  me sorprenden con la precisión de su memoria, cuando escucho al señor Bocanegra comentar que el río Grande de La Magdalena, que recorre por más de 1.500 kilómetros, de sur a norte, el actual territorio de Colombia (nace en el Nudo de los Pastos y desemboca en Bocas de Ceniza, en el mar Caribe), se constituye en el mayor río del país, al conectar de manera privilegiada todos los periodos de nuestra historia, desde sus primeros pobladores hasta la construcción moderna de la Nación. Es el escenario del “desarrollo” de las regiones y la emergencia y la consolidación de sus diversas culturas, las comunicaciones, el comercio, la política y la guerra, las artes, el avance tecnológico y la modernidad.

 O que el río Magdalena forma el amplio valle interandino entre las cordilleras Central y Oriental y resultó ser el corredor primordial de los primeros pobladores americanos, en el lugar de habitación y asentamiento de los nativos o grupos prehispánicos y la frontera de comunicación, navegación y comercio de los pueblos indígenas. Con la llegada de los españoles en el siglo XVI, el río de los nativos y los caimanes, el Caripuña o Karacalí o Yuma o Huancayo se convirtió en el camino principal de la penetración y la conquista del territorio aborigen y en el escenario protagonista de las luchas y la resistencia indígena al enfrentar la arremetida ibérica.

Y que posteriormente, durante La República, la obsesión fueron los caminos que condujeran de las zonas andinas al río Magdalena, de allí, río abajo y de nuevo en sentido contrario, en un ir y venir incesante. Quien no estuviera conectado moría en un terrible aislamiento, el río se había convertido en el cordón umbilical, en la columna vertebral de la naciente república. Bolívar le había dicho categóricamente a Elbers, el pionero alemán de la navegación a vapor por el Magdalena: "Yo les he dado la libertad, deles usted el desarrollo".

 “El siglo XX verdaderamente empezó en 1930”, concluye con soltura don Orlando, “cuando el presidente Olaya Herrera lanzó su candidatura en el Hotel Estación de Puerto Berrío”. Aquí su gesto de gravedad se acentúa, mientras hace gala de su erudición memorizando que el río Magdalena había entregado un nuevo país, un ordenamiento territorial cuya distribución político-administrativa había organizado sus fronteras agroexportadoras alinderadas a su cuerpo serpentino.

Para finalizar su magistral conferencia, remata con amargura, “ni qué decir de los cadáveres que se ha tragado el río; desde la conquista, pasando por la colonia, la guerra de los mil días, el auge guerrillero, hasta las motosierras de los paracos y otras aguas contemporáneas, ha sido la fosa común de la historia colombiana.”

 

Otro río de tumbas se desborda en el hastío

Está lloviendo sobre el río. Es una imagen doblemente triste.  Recuerdo aquello de que nadie se baña dos veces en el mismo río, pero tal parece que la historia juega en círculos. Primero los españoles se llevaron el oro por el río y después la quina.  Vinieron otros por  el caucho, el tabaco, el cacao y el café; y como su ambición es insaciable, hoy regresan los españoles, esta vez a comprarnos el río, a parcelarlo en hidroeléctricas anti ecológicas  para acabar de convertirlo en un drenaje. Aunque esto parece no importarle a quienes firman los contratos y engordan sus bolsillos.  

Acaso no sea un disparate prever la pavimentación del Magdalena, y verlo no muy lejos convertido en la mayor autopista del país. Así se cumplirá la maldición del agua: sacaremos los ojos al río madre; nosotros, hijos cuervos del río Grande de la Magdalena.

 

A la orilla del obscuro Magdalena

A la orilla del obscuro Magdalena

 

Por: Alejandro Valle Cantor

 

A la orilla del obscuro Magdalena

La ciudad se descubre en el espejo,

Reverberan las escamas en los sueños de los hombres,

En el barro de la calle, el amor de los locos

Chapotea en los umbrales;

El fulgor de un arrebol navega en el cemento.

 

Por los andenes agitados bajan tacones lujuriosos,

El brillo del puñal flota azaroso en la corriente,

Fluye el suburbio y la vida callejera,

Las esquinas se revuelven en confusos caracoles.

Otro estero se trasluce en el asfalto,

Un laberinto ardiente que hiede a tripas de pescado,

Una canoa de fantasmas que naufraga en la monotonía

Del anzuelo y la carnada.

Otras aguas se reflejan,

Otra arena, otros cuerpos sin ojos, sin bocas,

Otros ahogados, otro río de tumbas se desborda en el hastío.

 

Con todo, entre burdeles, pensiones y fachadas comerciales

Un barco de papel leva sus anclas.

Narcisa repulsiva, la ciudad se revela en el espejo

A la orilla del obscuro Magdalena.