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Popayán

Popayán

Para llegar a ti

Es preciso ascender

Eslabón a eslabón

La cadena de los Andes.

 

Trepar donde la nube

Acaricia el frailejón,

Remontar el aliento

Donde brota el agua dulce

Que recorre la montaña de occidente.

Oxigenar el alma con la visión del Puracé,

Escalar el abrazo apacible de tu clima.

 

Popayán,

Tienes nombre de cruz y de ceniza;

De caserío de paja.

Tus calles son cordiales

Como el acento de tus hijos,

Tus casas parecen detenidas en el tiempo

Con su ilusoria risa siempre blanca.

 

En tu médula,

La simiente de Caldas

Habla de tu amistad al fruto.

 

Desde la rancia catacumba

Te miras a los ojos:

Belalcázar a lomo de bronce

 Aún ultraja tu sangre originaria.

 

Tus  estremecimientos

Te agrietaron de plástico y cartón.

Tienes la piel de azufre, el perfil de la obsidiana.

En tus manos arde el fuego de la calma,

Volcán silente que pronto estalla.

 

Popayán,

Ciudad puritana…

Acaso en tus facciones indígenas

Junto al dolor y el hambre,

Habita el dios que amas.

 

                                               

                                                                   Hugo Mauricio Fernández

 

 

 

Canto al Sol

Canto al Sol

 

Señor de luz que al hierro infringes con el aire

Flor amarilla que irradias el amor del universo

Patriarca alquímico de savia que a la rosa das color

Arcángel de oro que dominas los países del espíritu.

 

A ti canto al mediodía, oh sol de las alturas

Elevo mi voz por encima de las nubes

Para exaltar el brillo de tu copa

Tu abrazo luminoso que todo lo acaricia

La claridad naranja que enciendes a la sombra

El fuego de tu mar que fulgura en la espuma

Los rayos de tu albor incandescente

Que revelan las grafías del silencio

La ternura de tu espada relucida.

 

A ti canto en esta hora, oh sol de las alturas,

Señor alquímico, patriarca de luz, arcángel amarillo,

Flor de oro que irradias el amor del universo,

A ti elevo mi salmo por encima de las nubes

Para que tu vislumbre reluzca mis atajos.

                                  

                             

                                 Alejandro Valle Cantor

Agua de río

Agua de río

Como una mácula sombría

Un cauce de argamasa vigila mi corriente

Un espantajo de cal ultraja mis entrañas

 

Contra su adobe de muerte

Voy como el río que descifra nueva orilla

Indago la sal de antiguos peces

 

En la ciudad del sol riego mi lluvia

Soy un torrente de voces líquidas

Doy a beber de mi plegaria verde

 

Como el  agua del río

Bajo el coro de las nubes

Inundo el silencio con mi canto.

 

                                            Alejandro Valle Cantor

Desde mi calle

Desde mi calle

Como una procesión de fantasmas

 El tumulto de la calle circula ante mi ventana 

En este borde de afiladas avenidas ocurre la ciudad

 

Allí marcha-en su repliegue usual- la multitud

La manía del hollín y el bullicio de los autos

La rutina de brazos que dice levantar el horizonte

 

El overol que se abochorna del hidrocarburo

Las botas justicieras manchadas por la sangre

Los niños retozones que apedrean a los árboles

 

Las damas vetustas de parasoles místicos

Los puños tejidos de los errabundos

El monólogo nube del loco

 

Desde mi calle de facciones embrujadas

Veo el rictus del ladrillo y la rotura del mortero

El éxtasis furtivo de la apócrifa metrópoli.

 

                              Alejandro Valle Cantor

 

 

Ciudad Revólver

Ciudad Revólver

 Florencia, ciudad revólver,

 Donde la vida canta desgarrada en la metralla de la noche.

 Donde todos los muertos están ebrios de lluvia vieja y sucia.

 

 Tengo hastío de ti, ciudad bala,

 Donde el  amor se busca entre las callejuelas de la muerte.

 Donde las aguas de los ríos comulgan en el día con el crimen.

 

 Ah, babel selvática, ciudad cadáver,

 Pantano de cruces y monedas,

 Por tus cloacas una serpiente negra devora las luciérnagas,

 Se traga la luz del horizonte.

 

 

 

                                       Alejandro Valle Cantor             

Valle Cantor

Valle Cantor

Es un pequeño valle donde canta un río

Los pájaros esquivos descienden a beber

El sol riega discreto las tímidas hojas

 

Las nubes ligeras impregnan los collados

Al roce de nimbos  y terrones

El agua transpira sigilosa

 

A intervalos cadenciosos

El albor y la noche

Contienden sus verdores

 

A pesar del abismo

Y las alas que rompe la borrasca

Es un festejo el día en sus campiñas

 

Allá con la llovizna

Despojados de sed los caminos

Mi sorbo de fuego que gusto en las mañanas

 

 

                                       Alejandro Valle Cantor

Las Damas Amazónicas

Las Damas Amazónicas

Cualquier viajero o transeúnte que recorra las calles de Florencia no podrá dejar pasar inadvertido estas damas erguidas que refrescan las calles con sus felices vestidos. Apostadas en las esquinas, aguardan por sus amantes que se acercan temprano a llevarlas a sus casas y oficinas para alegrarse el día.

Eso lo sabe muy bien Luz Dary Flores, quien no podía tener un nombre más apropiado para su oficio. Hace diez años que brota, como una flor silvestre, todos los martes y viernes en la esquina de la carrera 13 con calle 15, frente al edificio de la gobernación del Caquetá. Muy a  las seis de la mañana, organiza junto al andén los siete u ocho ramos de heliconias que se van entre las manos satisfechas de sus clientes, antes del mediodía, por tan sólo seis mil pesos cada uno.

“Somos siete las mujeres que trabajamos desde hace diez años en las calles de la ciudad ofreciendo nuestras flores. Nosotras mismas las cultivamos cerca al barrio Villa Mónica, en lo que se conoce como El Chamón.” Comenta con voz de pétalo la dadora de flores.

Desde la antigüedad, el lenguaje de las flores ha sido un gesto noble para expresar los sentimientos de belleza, muerte y sobre todo, amor. Regalar flores es una excelente manera de expresar lo que hay en nuestro interior sin gastar mucho dinero, y aunque su duración no es permanente, la intención, la dedicación y el cuidado al seleccionarlas se quedan para siempre.

“Ahora no estamos saliendo todas. Las flores están escasas porque tuvimos un problema con algunos invasores vecinos del cultivo. Eso nos tocó hasta con demanda y todo, pero gracias a Dios el cultivo sigue produciendo y las flores son muy apreciadas por la gente.” Comenta Luz Dary mientras florece una sonrisa en sus labios.

Conocidas como “Aves del paraíso” por sus exóticos colores, o “platanillo” por su familiaridad y semejanza con la mata de plátano, las heliconias, propias de estas tierras húmedas y tropicales, son plantas asombrosas. Por la exuberante belleza de sus flores y su sencillo cultivo son las favoritas de los jardines, salas y oficinas de los caqueteños.

Por la variedad de tamaños, texturas, formas y durabilidad; por su amarillo y naranja luminoso, alegre como el sol. Por sus capullos rojos y apasionados. Por sus hojas generosas y sus tallos fuertes, se me antoja que estas flores únicas, son como las mujeres florencianas, delicadas y enérgicas, sensuales y discretas, amorosas y entusiastas.

 

 

 

                                                        Hugo Mauricio Fernández

La dulce "india caqueteña"

La dulce "india caqueteña"

Antes de visitar Florencia supe de su leyenda. Me contaron que la fragancia de su piel es tentadora. En las esquinas, desde la mañana hasta la noche, su carne se ofrece sin reparo a los sedientos. Al mediodía, es común verla resbalar en el gaznate de los transeúntes. Le dicen “la crespa” por las ondulaciones dulces de su cuerpo. Es la favorita de caminantes jóvenes y adultos, que calman en sus labios el ardor de la canícula.

Provocado por su fábula, recorrí las calles en busca de la “dulce india caqueteña”. En el fragor del meridiano ansiaba encontrar sosiego para el arrojo de mis labios. Me indicaron una ruta. Recorrí callejuelas y adoquines, hasta encontrarla en la esquina más inesperada.  Estaba desnuda, ofrecía su cuerpo claro bajo el sol de la tarde. La tomé entre mis manos, aspiré su olor a selva y la llevé con gusto hasta mi boca.

Estaba fresca, suave y complaciente. El azúcar de su cuerpo apaciguó con triunfo mi deseo. Disfrute de su dulzura hasta chupar mis dedos. Descubrí que no era un mito. Indiscutible aceptar que una crespa generosa refresca las calles de Florencia; que no hay ninguna como la “dulce India” de la puerta del amazonas.

 Ah, nada, como un buen pedazo de piña caqueteña.

 

                                                   Alejandro Valle Cantor

 

 

Nubes

Nubes

 

 

Navegar como el agua por el aire

Suspenderme en el cielo igual al tiempo

Girar junto al viento cual un loco

 

Inventar una tierra distinta en la altura

Bosquejar frescas hojas al árbol

Invocar una noche de estrellas novicias

 

Concebir  en el río otro cielo diverso

Fantasear nuevos juegos de nubes

Abonar con la lluvia arreboles                                                        

 

Visionar el cristal de la aurora

Delirar algún fuego perdurable

Fecundar mi destino de cantor

 

 

                            Alejandro Valle Cantor

 

 

Máscaras

Máscaras

 

"Me llamo tiempo y agito una sonaja de barro

 con siete semillas adentro."

                                         Octavio Paz

 

 

Yo soy el tiempo,

El estallido primigenio

Que brotó de la noche hacia el abismo;

La clepsidra que marca la angustia de la nada.

 

Yo soy la luz,

El pájaro de fuego que devora la tiniebla,

La estrella que expande la mañana;

El resplandor que enceguece la vía láctea.

 

Yo soy el mar,

El antiguo Leviatán de los océanos,

La humedad milenaria del alba;

El tsunami que ahoga catedrales.

 

Yo soy el lodo,

La roca de obsidiana.

El polvo que bebe la serpiente,

La tierra preñada de bestias y de aves.

 

Yo soy el huracán,

La suave caricia de la nube

Al contacto del relámpago,

La morada oculta de los ángeles rebeldes.

 

Yo soy Adán,

El hombre primitivo,

El fruto luminoso del árbol de la ciencia,

El río del olvido que circunda el paraíso.

 

Yo soy la espada,

El cielo que se apaga,

El silencio que siempre está despierto,

La muerte que canta sobre el lecho de la fuente.

 

Soy el amor,

La cruz que se desangra.

El espejo que se mira en otro espejo,

El vacío que vibra en la ternura traicionada.

La esperanza perdida,

La condena que salva.

 

Yo soy la noche que aloja el infinito,

Yo soy la luz,

El mar,

El lodo,

Yo soy el huracán.

 

Yo soy el tiempo.

 

 

                                               Alejandro Valle Cantor

¿Cuento de Amor?

¿Cuento de Amor?

Creo que es Platón quien afirma que es mejor no elegir el amor apasionado sino el de la amistad. Muchos autores recomiendan no sucumbir a tales despropósitos, perjudiciales para la salud del alma; Schopenhauer, Nietzsche, Vargas Vila, hasta la más cotizada meretriz sabe que “el que se enamora pierde”.

Sin embargo, las más grandes  joyas de la literatura y el cine, junto a las nobles hazañas y abyecciones de los hombres, casi siempre se sirven de inolvidables historias de amor. Inútil sería aquí enumerarlas, baste mencionar los nombres de Helena, Beatriz, Julieta, María, Lolita, Alicia o… Daena!, para confirmar que la mujer ha sido siempre inspiradora de pasiones delirantes, que han marcado de manera decisiva la historia de la humanidad; imposible no añadir a nuestra Eva o la Pandora de los griegos a la lista.

Reflexionar sobre el amor con ayuda del arte no deja de ser un infeliz artilugio, siempre será preferible hablar con desnudez de nuestras pobres cicatrices, aún cuando las palabras nos alejen del centro de la alcachofa y nos impidan expresar los atisbos del nirvana, así como las brasas del infierno que arden en los celos y pasiones amorosas.

Por eso, la tarde que coincidimos frente al ágora de la universidad  y nos detuvimos en el tiempo  a tomar el hilo sobre lo misterioso y absurdo del universo, se desvirtuó en mi espíritu la efigie de Afrodita para siempre. Caminaba despacio, con su acostumbrado tono melancólico de felina lunática, el libro amarillo de Emily Dickinson bajo el brazo. Sin mis anteojos la reconocí en el tumulto que buscaba un lugar para la obra de teatro. Encontrarla después de tenerla cruzada entre los sueños,  ya no era sorprendente. Esta vez tampoco comente el encuentro previo en el mundo onírico, quizá el sueño era este, hallarla dispuesta a volver la hoja y departir un rato mientras se iluminaba el tablado.

Hablamos del clima -del calor insoportable que cada vez reseca más a Neiva-, de la Universidad y su estéril impacto en la región, de nuestro desempeño en el semestre, las asignaturas y nuestras esperanzas profesionales. Ella comentaba su trabajo de práctica pedagógica en una escuela oficial de la ciudad, mientras yo, sin dejar de escucharla, apreciaba el movimiento lento de sus labios, la curva delicada de su boca, el fuego trasparente de sus palabras.

Me comentó con desparpajo que a ella no le interesaba seguir una carrera erudita después de graduarse como profesora de literatura; “eso de hacer postgrados, especializaciones, maestrías y hasta doctorados, me parece una vanidad ridícula; para qué perder tanto tiempo en aderezos si la vida es tan efímera. Una profesora de pueblo, con una vida sencilla es suficiente. Poder disfrutar de las cosas pequeñas, de la naturaleza, de la gente humilde del campo y sus sabias enseñanzas de amor a la tierra aún en medio de la guerra…”

Mientras hablaba, yo la  imaginaba rodeada de niñitos que a cada rato la llamaban, profe, profe, y ella, con su habitual parsimonia los escuchaba sonriente y les indicaba una ruta con sus afectivas palabras. Entonces, yo era un niño de esos que se enamoran de su profe y le escriben cartas que nunca llegan, poemas escarlata, cuentos patéticos. Un niño taciturno que cifra en la ventana el nombre de su amor contra la lluvia. Un niño solitario que escribe en su cuaderno las planas con un sólo nombre. El nombre de la profe en el pasillo, en la escalera, en los espejos de los baños, el nombre de la profe en el pupitre, en todas las pizarras de la escuela. El nombre de la profe en las estrellas.

Sin adivinar mi ensueño, continuó con su discurso, habló del sinsentido de las cosas, de la prepotencia humana, del tan ultrajado valor sagrado de la vida, de los desastres ecológicos, en fin, de las gravísimas circunstancias sociales, y la subsistencia amenazada del planeta. “En últimas no sé para qué tanto esfuerzo, si ante la inminencia de la muerte todo es un absurdo”. Sentenció, dando fin a sus epítetos.

Yo le quería increpar que no, que estaba equivocada, que la vida sí tenía sentido, que todo el universo cobraba decisión  en sus pausados labios, en su lengua suave y blasfema, en su brillante frente y sus ojos descreídos. Deliré con abrazarla, con tomar su mano entre las mías y prometerle que el amor nos salvaría, mientras la besaba con pasión y con dulzura.

En definitiva, sólo atiné a balbucear con timidez, “sabes Daena, quizá el amor sea nuestra tabla”. Aquí, su gesto displicente se acentuó con amargura:  

 -No Ángel, yo en ese tema del amor si soy muy posmoderna. Nada de hijos, ni esposo, mucho menos noviecito celoso. Viajar sola, sin ataduras, es lo más práctico en este loco teatro.

Las luces se encendieron en el escenario. Durante la obra pronunciamos las palabras necesarias, rozándonos apenas los hombros y las rodillas. Aplaudí con vehemencia, como si la representación de La Gaitana hubiera sido un derrotero, otro cuento de amor.  

 

                                  Alejandro Valle Cantor  

 

Ángel caído

Ángel caído

La primera vez que lo vi en el barrio,  pasó frente a mi ventana,  manoteaba con vehemencia y vociferaba rezos exorcistas. Los pantalones le caían cantinflescos y un olor rancio hacía muecas a su paso. Era un personaje como salido de la Revista Gótica. La noche que descubrí donde vivía, me sorprendió verlo entrar a esa casa de los espejos rotos que está  a tres cuadras de la mía, no sabía que era mi vecino pero el paisaje concordaba. Todos los domingos al mediodía, pasaba por la acera con un libro negro bajo el brazo, sonreía malicioso y mascullaba sus conjuros; dos señoras taciturnas precedían su habitual cortejo endemoniado y en cada esquina, agarradas, como al cielo de sus sombrillas negras, volteaban a confirmar la presencia de su amado hermano. La escena se repitió por meses, hasta que las damas con parasoles de cuervos siguieron su aparición sin su escolta delirante. 

Cuando lo encontré en el Parque de la Virgen  con el cigarro ardiente de marihuana, no pude evitar acercarme a pedirle una calada y de entrada le interrogué, “oiga loco, usted no era el que pasaba los domingos por la avenida con unas viejitas rezando letanías, qué pasó, se rebeló contra el rebaño”, sentencié con ironía. “No, no. Lo que pasa es que ya no escucho al diablo.” Comentó con su risita de aureola.

Al principio no entendí. Pensé que bromeaba. Luego me narró su drama: Padecía esquizofrenia, aunque al igual que su madre y su tía, él lo atribuía a satán; escuchaba voces y veía monstruos. Entonces las dos mujeres, después de soportar con devoción sus arrebatos, lo convencieron de asistir a un culto religioso, con el argumento de que un espíritu de las fuerzas infernales  era el causante de su perturbación síquica. El pastor, sacó al demonio y cobró el diezmo; mientras tanto el diablo hacía de las suyas, lo conminaba, según él, a matar a su madre y a su tía, cada vez que estas lo asediaban para ir a la iglesia. Finalmente, “El Burro”, un amigo del barrio, le prestó un libro de yoga, un disco de Mozart, y le dijo que los escuchara con marihuana. Así lo hacía y le funcionaba, las voces y los monstruos ya no estaban.

Antes de despedirnos, le dije con ánimo y certeza, “relájese parce, que ese video sólo existe en su cabeza, todo bien que eso del diablo es puro cuento; y a todas estas mucho gusto, Daena, ¿cuál me dijo que es su  nombre?” Entonces me miró fijo a los ojos y casi canta: “mi nombre es Ángel”.

 

                                                     Alejandro Valle Cantor

 

Ítaca

Ítaca

Cuando emprendas tu viaje a Ítaca
pide que el camino sea largo,
lleno de aventuras, lleno de experiencias.
No temas a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al colérico Poseidón,
seres tales jamás hallarás en tu camino,
si tu pensar es elevado, si selecta
es la emoción que toca tu espíritu y tu cuerpo.
Ni a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al salvaje Poseidón encontrarás,
si no los llevas dentro de tu alma,
si no los yergue tu alma ante ti.

Pide que el camino sea largo.
Que muchas sean las mañanas de verano
en que llegues -¡con qué placer y alegría!-
a puertos nunca vistos antes.
Detente en los emporios de Fenicia
y hazte con hermosas mercancías,
nácar y coral, ámbar y ébano
y toda suerte de perfumes sensuales,
cuantos más abundantes perfumes sensuales puedas.
Ve a muchas ciudades egipcias
a aprender, a aprender de sus sabios.

Ten siempre a Itaca en tu mente.
Llegar allí es tu destino.
Mas no apresures nunca el viaje.
Mejor que dure muchos años
y atracar, viejo ya, en la isla,
enriquecido de cuanto ganaste en el camino
sin aguantar a que Itaca te enriquezca.

Itaca te brindó tan hermoso viaje.
Sin ella no habrías emprendido el camino.
Pero no tiene ya nada que darte.

Aunque la halles pobre, Itaca no te ha engañado.
Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia,
entenderás ya qué significan las Itacas.

C. P. Cavafis. Antología poética.
Alianza Editorial, Madrid 1999.

 

Oración de la penumbra

Oración de la penumbra

                                    A Borges.

Este es el conjuro de las sombras

Que revela los colmillos de la luz,

La forja luminosa del engaño

Bajo el árbol de la espada venenosa.

Los signos  de la noche y la fábula del sueño,

El mito de cristal de las estrellas y la muerte

Que resuelve las ficciones del enigma.

 

Este es el cruce de caminos

En el que nada converge,

Plenitud de transparencias

Delirio de los espejos,

Torre esférica de fuego

Que calcina las formas

Ilusorias del lenguaje.

 

Este es el soplo del alba sigilosa

Que se ahonda en la maraña de los ritmos,

La quintaesencia del ocaso

Que purifica la noche del olvido.

 

Esta es la piedra riente

Que canta a la locura interrogante,

Hermético vocablo que restaura las cenizas

Y da forma a la rosa,

Cifra musical de la memoria,

Cielo pródigo de asombros.

 

Esta es la vana oración de la penumbra,

Infierno transparente,

Lazo indomable

Que oscila en la simiente del horrido infinito.

 

 

                                                         Alejandro Valle Cantor

 

 

 

 

Es posible que no haya nada

Es posible que no haya nada

 Por: Santiago Galeno

 

Es posible que no haya nada

Que absurdamente metamos la mano

En las ciénagas

 

¿Dónde están los sabios proverbios

Las palabras que llegaron en épocas de invierno?

¿Dónde los claros de luna en la oscuridad inclemente

El dulce hastío renovado

El deseo inefable de sentirse ángel?

 

No será tarde el día en  que vuele

Hacia el azul fulgente y me ahogue entre nubes

 

Más utópico

Y más soberbio

Cada vez más lejos  de otros soles

 

Y no sea más que bacteria entre el pantano

 

No será tarde el día en que sorprendido despierte en otra noche

Y el alma quede demasiado lejos.

 

 

 

El dios de la ciudad

El dios de la ciudad

Esparrancado está sobre un bloque de casas.

En torno de su frente unos oscuros vientos se reúnen.

Con rabia mira hacia lo lejos, adonde, en soledad,

Las últimas moradas se pierden en el campo.

 

Rojo le brilla el vientre a Baal en el anochecer.

Arrodilladas a su alrededor las grandes urbes.

El ya elevado número de las campanadas

Se alza como ola de un mar de negras torres.

 

Al igual que la danza de los coribantes, entre el ruido

 Resuena por las calles la música de la multitud.

El humo de las chimeneas, las nubes de la fábrica

Hacia él suben, azules con un humo de incienso.

 

Amenaza la tempestad en medio de sus cejas.

La tarde, oscura, deviene sorda noche.

Ondean las borrascas, que, como buitres, desde

Sus cabellos contemplan, erizados de ira.

 

Clava en la oscuridad su puño carnicero.

La sacude, y un mar de fuego corre

Por la calle. Una humareda hierve

Y devora la calle, hasta que tarde empieza a amanecer.

                                     George Geym                            

Mecha, bosín y moñona

Mecha, bosín y moñona

Por: Eduardo Tovar Murcia

Primera imagen

La jornada comienza muy cerca de las 4 de la tarde. La algarabía de los jóvenes deportistas que llegan o salen de las piscinas de la Villa Olímpica, de la cancha de fútbol o de la pista de patinaje, es el anuncio que en poco tiempo todo va comenzar. Así parece pensar Rodolfo Cubillos, que permanece sentado en las gradas para espectadores observando el transcurrir despreocupado de los jóvenes. Usan ropas ligeras, muchos de ellos en pantalonetas y camisetas con números estampados a la espalda, guayos en la mano. Otros, transitan con paso metódico, avanzando con grandes bultos anclados a la espalda en forma de aletas de delfín, que recuerdan vagamente figuras mitológicas. Todos tienen en común la atención que prestan al terreno por el que transitan, escabroso y con sobresaltos, que podría terminar fácilmente con la carrera de cualquier atleta. Mientras Rodolfo observa el éxodo de los jóvenes, acaricia, como si de un seno se tratara, un disco de tejo que bruñe con insistencia y delectación.

Giro y parpadeo

A la sombra de una carpa amarilla en la que se dibujan en cada vértice cuatro águilas de colores desgastados, salpicada de cagajón de aves y recubierta de polvo, trabaja concentrado Gildardo Bermeo. De cuando en cuando se apoya en una de las cuatro pilastras de hierro enmohecido que sostienen la carpa. Respira hondo. Cierra los ojos por unos segundos. Su otra mano descansa sobre la cadera hasta retomar el aliento. Después, con el dorso de la mano se limpia la masa de sudor y polvo que engrasa su rostro. Continúa apilando las canastas de cerveza con una concentración de ajedrecista. Sus ojos observan siempre dos puntos: la canasta vacía, liviana y cómoda, y la canasta con cervezas aún sin destapar que alza, emitiendo primero un quejido casi imperceptible que se mezcla después con la cuenta que lleva en sordina. Terminada la cuenta, lleva las canastas hasta el congelador, saca las cervezas, y las pone a enfriar. Él es el encargado de suministrar el licor.

Tomo aire, exhalo, parpadeo girando y observo        

Una mano pequeña, maciza y áspera deja ver en su contorno emplastes de greda granate. Recorre la superficie arcillosa con cautela, rellenando y empujando constantemente la superficie hasta dejarla completamente lisa, como un alfarero que pasa con refinado cuidado sus yemas hasta dar termino a su obra. De esa manera trabaja Evaristo Mejía, recorriendo lentamente las 16 canchas. Sus manos, como aplanadoras humanas, consumen cada sobresalto y perforación dejadas por los proyectiles que se lanzan constantemente. De un momento a otro ocupa su atención no en su oficio sino en las personas que, como obreros llegados a su trabajo, van arribando en grupos, ya terminando de caer la tarde. 

El calor ya se ha ido.

***

Los tres están ocupados, cada uno en su oficio. Aguardo un momento, los contemplo, espero a que se desenvuelvan, a que terminen. Me recuesto sobre la malla que divide las canchas de tejo sin atreverme a ingresar. Luego apoyo las manos en el dintel de la entrada, siento el oxido manchar mis palmas. Con  los ojos atentos detallo a los tres. Permanezco en la misma posición por largo rato. Jóvenes caminan a mis espaldas con ropas deportivas, hablan entre ellos, pegan griticos como maullidos de gata en celo. Los tres están concentrados en sus labores. Uno de ellos le saca brillo a un tejo, utiliza un trapo desgastado que frota con fuerza sobre el metal. Hace como si no me observara pero yo sé que sí. Es en ese momento cuando me atrevo y llegó hasta donde él está. Se llama Rodolfo Cubillos. Su apariencia es dura, su caballo es duro, sus manos, las mismas que frotan con fruición el tejo, también. Es de baja estatura —lo cual compruebo sumando, a cálculo, la extensión de sus extremidades—. Su mirada es profunda, como si quisiera saber mis intensiones, qué hago allí. Le digo que soy periodista y que me gustaría saber acerca el tejo y su relación con el mundo de la bohemia, (si acaso existe alguna).

“Sí, siempre ha existido —habla con una voz delgada, pero enérgica; con convicción—, desde que los indígenas lo empezaron a jugar siempre se ha acompañado el tejo de la cerveza; claro que en ese tiempo era con chicha, pero siempre el trago ha estado ahí.”

Rodolfo deja de hablar, como si alguien lo hubiese interrumpido. Me doy cuenta en ese momento que junto a él se encuentran depositadas en una caja de cartón cerca de veinte discos, todos oscuros, todos inmaculados, pero de distintos tamaños, unos más grandes que otros. Saca brillo sin descanso, más obstinado, más decidido en su tarea de no hablarme. Arremeto con una pregunta que no fue sino hasta después de haberla formulado que me doy cuenta de mi poco tacto.

“Aquí vienen los equipos, se entrenan duro como cualquier deportista, la sudan —dice sin dejar de bruñir el metal—, que tomen no importa, como le dije, hace parte del juego. Además —en ese momento me observa, como para concluir el asunto—, ¿a quién no le gusta divertirse con unas buenas politas, y al mismo tiempo hacer deporte?” Después de decirlo, me regala su mejor sonrisa. Se levanta, se sacude el pantalón con su trapo, toma la caja de tejos, y sale de allí sin decir más. 

Comienza a declinar el día. El viento llega desde los barrios altos de Neiva y se estrella contra las copas de los almendros, que, en ese momento, se baten y dejan caer sus frutos incomestibles, produciendo así un repiqueteo constante contra las carpas que se extienden a los costados de la cancha. Es una garúa intensa que se vierte sobre el suelo a cado ramalazo. Con el declive del día van llegando los jugadores, ansiosos de enbosinar sus tejos y de llenar sus estómagos, vertiendo entre pecho y espalda la mayor cantidad de cerveza que aguante el organismo. Cuando, por un instante, todo parece quedar en el más absoluto silencio: el viento deja de correr, los almendros se mantienen estáticos entre las ramas, los hombres no dicen nada, incluso los vehículos de servicio público que transitan por allí parecen ponerse de acuerdo para no recorrer las calles empolvadas, comienza a sonar, como un conjuro ensordecedor, la música del Cacique de la Junta.

Pueden haber más bellas que tú

Habrá otras con más poder que tú

Pueden existir en este mundo pero tú eres la reina…

 

La Hora Prevista

Llegan en familias: padres, hermanos, hijos, sobrinos y cuñados, todos se sientan en mesas también amarillas y esperan a que Rodolfo les lleve los tejos, disponga las mechas, una arriba, otra abajo del bocín, las cervezas son destapadas “clish”, “clish,” por la mano diligente de Gildardo que va dejándolas de mesa en mesa, en tanto que por los altoparlantes comienzan a sonar los quejidos tortuosos de los cantantes de música popular que escuchan las familias que continúan, de momento, hinchiendo sus barrigas de cerveza mientras vuelan, como proyectiles lanzados en una guerra, los tejos que caen ensopados en la mullida greda, otras veces sí, otras veces “¡mecha hijueputa¡”, pero los que no juegan, miran absortos los tejos como gatos viendo pasar pelotas de estambre, y, sin embargo, no todos prestan atención al juego, porque, como afirma Carlos Pacheco: “uno también viene a pasar simplemente el rato, a estar con la familia y la novia, no siempre a jugar tejo sino a estar con las personas que uno quiere”, pero la mayoría sí se toman el juego muy enserio, incluso llegan a conformar equipos de tejo, equipos de seis que “¡mecha¡” entrenan aplicadamente para lograr los ansiados 27 puntos que, de tiempo en tiempo, se ven representados en los estallidos de “¡meeeechasss¡”, emplastados dentro del bosín, o como mínimo, en la proximidad del centro metálico de la cancha; cualquiera de estas hazañas es celebrada con gritos eufóricos, donde la cerveza corre a sus anchas por las domeñadas gargantas de los deportistas, dejando ver, mientras celebran, la espuma que rebosa de la comisura de sus labios, muestra más que evidente del regocijo de estos deportistas consagrados que, además del ímpetu deportivo, han demostrado con esmero que el otrora denominado Turmequé, desde hace ya diez años, nombrado el deporte nacional, sea una institución atlética en el departamento, como lo señala Gildardo Bermeo, presidente de la Liga de tejo del Huila: “Se han hecho todos los esfuerzos por agrupar a los diferentes equipos de tejo que hay en el Departamento para que, de esta forma, el juego trascienda y crezca cada día más; esto lo hacemos promoviendo campeonatos departamentales y regionales, donde el consumo de alcohol está terminantemente prohibido”, pero lo más curioso de la afirmación es que, paradójicamente, no se puede concebir un entrenamiento de tejo sin “¡mecchaaa¡” cerveza, ¿cuántos deportistas, futbolistas, especialmente, no anhelarían dichas libertades?, pero estos deportistas; el deportista, mejor, ya avanzada la noche, con la mirada perdida, el equilibrio alterado, ofrece la palma hacia el cielo, encima de ésta un disco, el ojo guiñado, en la otra mano una cerveza que levanta a la misma altura de la palma para hacer de contra peso, toma aire, camina los tres pasos para lanzar de un sólo envión el disco por los aires esperando que caigan en el bosín, empotrado verticalmente, en posición perfecta, es decir, la mitad del tejo dentro del circulo de hierro, con la base superior mirando el tablero, pero, “Oh, Gracias Señor porque me has dotado de potencialidades deportivas y he logrado desarrollarlas en sana competencia*…”, “!pammmpammmm¡”, “!embocinadaaa¡”, “huyyy, felicitaciones”, dicen unos, los de su equipo, estrechándose las manos mientras van a confirmar la posición del tejo; otros, “noooo, le faltó, le faltó”, al final es Rodolfo quien, con su experiencia de 18 años en las canchas de tejo de la Villa Olímpica observa con ojo crítico, toma con dos dedos el tejo y lo mueve como un odontólogo, y tras unos instantes en suspenso dice, dictaminador: “Sí, fue embocinada, mis felicitaciones hermano”. 

Suspiro, descanso y chao 

Ya se acerca la media noche. La música sigue escapando de los altoparlantes con la misma fuerza ensordecedora de las primeras horas, dejando en el aire ese hálito quejumbroso que tanto parece gustar a los deportistas. La brisa, fuerte y rapaz unas horas antes, se ha esfumado de la ciudad. Los almendros ya no se remecen como en las primeras horas. En cambio, el calor, que le ha ganado su espacio al viento, hace presencia en los rostros  de los jugadores. Gruesas gotas de sudor recorren sus largas y  amplias patillas, bajando por sus fecundas o en algunos casos hirsutas barbas, y siempre, con el dedo índice, recogen los goterones que se forman en las quijadas hasta terminar sacudidas en el aire. También yo estoy sofocado, no sólo por la mezcla tóxica de bocanadas de cigarrillo, mechas humeantes y humores aderezados con fuertes lociones baratas, sino también por el calor que se adhiere a la ropa y genera una  viscosidad exasperante. Me acerco hasta donde se encuentran reunidos Rodolfo y Gildardo para despedirme de ellos, pero están ocupados en una cancha en la que al parecer se acaba de hacer moñona. Observo por unos segundos como si presenciara un accidente automovilístico.  Tras dar un último vistazo en rededor a la cancha, me alejo como llegué: Dando trompicones por la oscura calle, caminando con pasos cortos, casi como un autómata, hasta perderme en la esquina, donde ya no quedan rastros, ni sonoros, odoríferos ni visuales, de la cancha de tejo. Respiro profundo.

 

 



* Fragmento de Oración del Deportista del Tejo. Autor: José Gustavo González – Liga de Tejo del Valle.

Los Poetas

Los Poetas

 “Los poetas, amor mío, son hombres

 horribles, monstruos de soledad;    

 evítalos siempre, empezando por mí.”

                                                                 Raúl Gómez Jattín

 

Los poetas, son ángeles enfermos que les duele el alma,

En sus alas antiguas se agitan el bien y el mal.

Transitan las calles de la bruma bajo la lluvia,

Habitan los rincones de la sangre en que la vida arde,

Son tímidos niños que juegan a entregarse,

A dar el corazón en las palabras.

 

Los poetas, son tiernos demonios que se conduelen de las sombras

Y  buscan afanosos el vocablo de la luz.

El ritmo de la noche que sustenta las estrellas,

El oculto cristal de la aurora que se precisa para ver.

Son ancianos sin tiempo cuyos cantos no mueren,

Criaturas enigmáticas que aman el silencio

Y  florecen solitarias.

Locos lunáticos de albor.

 

Los poetas, amor mío, son monstruos hermosos

Que fecundan la luna de amaneceres nuevos,

Con sus lágrimas puras y sus labios de sal.

Encuéntralos siempre, empezando por ti.

                                                                        Alejandro Valle Cantor

La hora del marrano

La hora del marrano

La hora del marrano (La ebriedad de los apóstoles, William Torres)

En los barrios tradicionales y los de alta migración campesina-aquellos de casas de un solo piso, alero, gran patio interior-, se da una mano de carburo o pintura a la casa, se cuenta el dinero para comprar una nueva muda de ropa y, hacia el 13 de junio, para el día de San Antonio, se trae del campo un racimo de plátanos para ponerlo a madurar. Es para cuando llegue la hora del marrano. Porque, dicen, “a todo marrano le llega su San Juan”. Ahora los urbanos dicen que “a todo marrano le llega su San Pedro”. (Es también, otra manera de decir que “no hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista”).

Con los familiares se fija la fecha de la matanza-el 23 o 24, los apegados a la tradición; los pragmáticos el 27 o el 28, si caen en viernes o sábado-, se hacen las listas de mercado, se compra el aguardiente, se elige la casa. Será la más grande: la de los abuelos, casi siempre.

El día señalado llegan los parientes con sus hijos después de la comida. Se cuentan noticias de familia; se recuerda a los ausentes, se demoran en chismes, se raja leña, se planean negocios caseros, mientras toman unas copas. A veces algunos tíos recuerdan canciones de antaño, echan de menos los vientos de San Juan. Luego mandan  los niños a la cama para evitarles asistir al sacrificio.

Al amanecer alistan cuchillos, platones con agua y se pasa al patio. Allí está el animal que ha contribuido, en parte, a tener unida la familia durante los meses anteriores y que será el plato de comunión. Los hombres lo rodean, lo apresan. El más viejo, el más diestro, le toca la vena bajo la garganta, le busca el corazón, y con agilidad lo alcanza con el cuchillo.

El largo chillido de la agonía del marrano, inicia una alborada de chillidos en los patios vecinos. Después de los gritos y los pitos, es la tercera llamada. Ha comenzado la fiesta.

El animal es destazado. Comienza la tarea del adobo y la preparación del asado, las morcillas, las frituras, el queso de cabeza. Ahí cada familia traspasa de una generación a otra los secretos de la cocina regional. Se recuerdan las fórmulas de la bisabuela y se enseña a los más jóvenes los insulsos, las arepas de engrudo, el juanvalerio, los bizcochuelos, la mistela de yerbabuena. Hay trabajo para cuantos se presenten: preparar tinto, hervir agua, revolver especias, freír plátanos, envolver insulsos, cortar hojas para los tamales, repartir aguardiente, recordar coplas. Hacia el mediodía el aroma de las primeras pruebas de asado se expande por el vecindario y, de cada vecindario, pasa a sazonar toda la ciudad. Cuando no tienen dinero, los neivanos aseguran que en estas tardes basta con levantar en el aire una arepa de engrudo para impregnarla con el aroma y comerse por los menos la ilusión.

Muy pocos, sin embargo, se quedan con las ganas.

¡Que suene la cuadra!

¡Que suene la cuadra!

Por: Hernando Flórez Bermúdez

Queridos contertulios. Yo sé de sus estilos ácidos y posiciones críticas frente a las festividades sanpedrinas del departamento, por eso supongo que en este blog yo estoy condenado a mediar entre ustedes y ellas. Comenzaré entonces con mi semana antes de la inauguración oficial del 50º Festival Folclórico, y lo advierto, me tomaré un par de licencias.

 Mis días empezaron frente a un salón lleno de niños llorando y mujeres de guantes con aguja en mano. Mi muestra de sangre fue afortunada, la primera en años. Una monita con manos de ángel me tomó el brazo y con la misma rapidez lo dobló con un algodón húmedo en medio. “Que pase buen día señor”. Lo dijo con tono triunfal, como diciéndome: sé que eres un cobarde y que tengo manos de seda. De todas formas me fui feliz. Llegué a mi barrio conservando el sentimiento de gloria, crucé la calle y supe que había iniciado el San Pedro.

 Mi cuadra era el atractivo turístico del barrio. Pasacalles bordados a mano, andenes pintados con cal, letreros en el pavimento, rabo de gallo en cada ventana, faldas, sombreros y Olímpica a todo volumen en el equipo de tres casas. Un verdadero festín mañanero, de esos que sólo saben hacer los vecinos de barrios populares, de esos que sólo los criados en comuna pueden disfrutar, yo el primero. Cada dos casas un letrero de Olímpica estéreo, cada dos casas otro de Comcel, la estrategia de las líderes era decorar con gracia y adular a los patrocinadores para ganar el premio: trago, música y lechona. Sencilla estrategia a cargo de una cuadrilla de amas de casa. Cuatro mujeres ingeniosas que contagiaron a toda la cuadra del deseo de ganar (trago, música y lechona). Incluso a ustedes, los contagiarían; ante ellas he visto sucumbir a los más huraños maridos, los he sorprendido poniendo colgandejos en las ventanas, recortando cartón con tijeras y cuando menos sonriendo como niños ante el nuevo orden de festín en que se ha convertido la cuadra. Se los digo, son impredecibles, puedes acostarte con una idea festiva de la cuadra, la más descabellada que te parezca, pero al día siguiente ellas te sorprenderán. Chivas en cartón parqueadas en plena calle, carrozas con reinas de juguete, tarimas con bafles de papel, lechones en espuma, tamales en hoja de plátano, becerros disecados, cantinas decoradas, tinajas, tinajeras y tinajones. Este parece un San Pedro feliz para las amas. Un día apareció frente a mi casa un chile en cascada sobre una balsa de cartón, decorada con pescados azules, rojos y amarillos. Los niños no se quedan atrás, no lo crean, cada vez que llegan los jurados enviados por la emisora renuevan sus atuendos, las niñas visten faldas de flores y blusas de reina con un peinado de miss universo fijado con gel; los niños aparecen encopetados con rabo de gallo al cuello, pantalón negro y camisa blanca, los trajes típicos de la fiesta. Cada uno asume un rol, una postura, una dignidad de anfitrión que abruma a los jurados aturdidos.

 Como ven, amigos, la mía es una típica cuadra calentana, y que quede constancia, no es un reproche, es sólo la muestra de una conciencia popular que también caracteriza la fiesta, que también existe en esta Ciudad y que finalmente representa el lugar desde donde escribo. Buena mar.